En el beisbol solemos medir la grandeza a partir de los números. Los tres mil imparables, los quinientos cuadrangulares, las trescientas victorias, los juegos salvados, el promedio de bateo o la efectividad ocupan titulares, alimentan interminables debates y ayudan a construir la inmortalidad de los grandes jugadores. Sin embargo, existe otra figura cuya influencia rara vez puede resumirse en una estadística: el manager. Su trabajo comienza mucho antes del primer lanzamiento y termina mucho después del último out. Sus mayores aciertos casi nunca aparecen en el box score; sus errores, en cambio, suelen quedar expuestos ante millones de aficionados.
Surge entonces una pregunta tan antigua como el propio beisbol: ¿un gran manager nace con ese talento o aprende a dirigir?
La respuesta, como ocurre con las cuestiones verdaderamente interesantes, no admite simplificaciones.
Hay personas que poseen condiciones naturales para conducir grupos. Transmiten serenidad, generan confianza, inspiran respeto sin necesidad de imponer autoridad y saben escuchar antes de decidir. Esas cualidades constituyen una base extraordinaria para ejercer cualquier liderazgo, incluido el deportivo. Sin embargo, dirigir un equipo profesional de beisbol exige mucho más que carisma. Exige un conocimiento profundo del juego, comprender la psicología del pelotero, saber cuándo intervenir y cuándo guardar silencio, administrar los tiempos de una temporada que puede extenderse durante meses y aceptar que cada decisión será juzgada por miles de aficionados y analizada por especialistas que, con la ventaja de conocer el desenlace, siempre encontrarán argumentos para sostener que existía una alternativa mejor.
Por eso abundan los grandes jugadores que jamás lograron convertirse en grandes managers, del mismo modo que existen dirigentes legendarios cuya trayectoria como peloteros fue apenas discreta. Jugar beisbol y dirigir beisbol son profesiones estrechamente vinculadas, pero profundamente distintas.
Conviene recordar, además, que durante buena parte de la historia del beisbol el manager no permanecía únicamente en el dugout. Era también parte activa del roster. Los llamados player-managers dirigían y jugaban al mismo tiempo. Elaboraban la alineación, tomaban decisiones estratégicas, administraban el pitcheo y, acto seguido, defendían una posición o acudían a la caja de bateo como cualquier otro integrante del equipo. Aquella doble responsabilidad exigía una combinación excepcional de liderazgo, inteligencia táctica y rendimiento deportivo. Con el paso del tiempo esa figura prácticamente desapareció, conforme la creciente complejidad del juego hizo casi imposible ejercer simultáneamente ambas responsabilidades.
Tampoco resulta casual que la mayoría de los grandes managers provengan de determinadas posiciones dentro del terreno. La receptoría ha sido históricamente una extraordinaria escuela de dirigentes. El catcher observa el juego de frente, conduce al cuerpo de lanzadores, estudia las tendencias de los bateadores rivales y desarrolla una comprensión privilegiada de la estrategia. Los infielders, particularmente los shortstops, los segunda base y los tercera base, participan prácticamente en todas las jugadas defensivas y adquieren una visión global del desarrollo del encuentro. Incluso algunos primera base, por su experiencia, liderazgo y capacidad para ordenar a sus compañeros, terminaron convirtiéndose en magníficos conductores de grupo. Son posiciones que obligan a pensar el juego constantemente y que, por ello, han producido un número muy importante de grandes managers.
El pelotero concentra toda su energía en ejecutar correctamente una tarea específica. El manager, en cambio, está obligado a observar el juego completo. Mientras un bateador piensa en el siguiente lanzamiento o un pitcher se concentra en retirar al hombre que tiene enfrente, el dirigente analiza simultáneamente el bullpen, la condición física de sus jugadores, los enfrentamientos más favorables, el comportamiento del rival, el desarrollo del calendario, las cargas de trabajo y hasta el estado anímico de quienes atraviesan un mal momento. Su responsabilidad consiste menos en reaccionar que en anticiparse a los acontecimientos.
Esa diferencia explica por qué la experiencia resulta tan valiosa. Los grandes managers casi siempre fueron aprendices antes que maestros. Observaron durante años a otros dirigentes, aprendieron de sus aciertos y también de sus equivocaciones. Descubrieron que no existe una fórmula universal para conducir un clubhouse, porque cada generación, cada organización y cada temporada presentan desafíos distintos.
La historia ofrece ejemplos para todos los gustos. Casey Stengel jamás fue una superestrella como pelotero, pero revolucionó la conducción de los Yankees y conquistó diez banderines de la Liga Americana y siete Series Mundiales. Sparky Anderson edificó dos dinastías en organizaciones distintas; Tony La Russa transformó el manejo moderno del bullpen; Joe Torre pasó de ser un extraordinario catcher a convertirse en el líder sereno de los Yankees de finales del siglo XX; Bruce Bochy ha construido su prestigio gracias a su extraordinaria capacidad para administrar el pitcheo y los momentos de mayor presión. Del otro lado encontramos figuras inmensas como Ted Williams o Rogers Hornsby que, pese a su extraordinaria calidad como jugadores, no alcanzaron desde el dugout la misma dimensión que tuvieron dentro del diamante.
México tampoco ha sido ajeno a esa tradición. Benjamín “Cananea” Reyes y Francisco “Paquín” Estrada ocupan un sitio de honor entre los más grandes estrategas que ha dado nuestro beisbol. Ambos fueron peloteros antes de convertirse en managers y trasladaron al dugout la experiencia adquirida en el terreno para construir carreras extraordinarias, conquistar campeonatos en la Liga Mexicana de Beisbol y en la Liga Mexicana del Pacífico, además de alcanzar importantes éxitos en Series del Caribe. “Cananea”, además, abrió una página histórica al convertirse en el primer mexicano en dirigir, de manera interina, un club de Grandes Ligas.
Las generaciones más recientes han mantenido viva esa escuela. Roberto “Chapo” Vizcarra, Benjamín Gil, Juan Gabriel Castro y Roberto Castellón Yuen representan estilos muy distintos para conducir un equipo, pero comparten un mismo origen: antes de tomar decisiones desde el dugout vivieron el juego desde el terreno. Fueron peloteros, conocieron la exigencia cotidiana del clubhouse, experimentaron la presión de los momentos decisivos y comprendieron que la autoridad de un manager no nace del uniforme que viste, sino de la credibilidad que construye todos los días frente a sus jugadores.
Muchas veces el aficionado juzga una decisión únicamente por su desenlace. Si el bateador emergente conecta un hit, el manager fue brillante; si falla, se equivocó. Si el relevista domina al rival, el cambio fue acertado; si permite carreras, la crítica aparece de inmediato. Sin embargo, quienes conocen realmente el beisbol saben que la calidad de una decisión no depende exclusivamente del resultado. Un buen dirigente trabaja con probabilidades, con información disponible, con el conocimiento profundo de sus jugadores y con la experiencia acumulada durante años. Después, el juego conserva siempre un margen de incertidumbre que constituye precisamente una de las razones por las que el beisbol nunca deja de sorprender.
Dirigir también significa administrar personas. Cada clubhouse reúne decenas de personalidades distintas. Hay veteranos con autoridad natural, jóvenes ansiosos por demostrar su talento, peloteros que atraviesan crisis familiares, otros que luchan contra lesiones y algunos que necesitan recuperar la confianza después de una mala racha. El manager debe conocer a cada uno, identificar qué lo motiva, cuándo exigirle más y cuándo ofrecerle respaldo, cómo resolver conflictos internos y, sobre todo, cómo lograr que el interés colectivo prevalezca sobre las aspiraciones individuales. Esa parte del trabajo jamás aparecerá en las estadísticas, pero con frecuencia marca la diferencia entre un grupo de buenos jugadores y un auténtico equipo campeón.
Quizá por ello los propios peloteros suelen valorar aspectos muy distintos de los que percibe el público. Aprecian la congruencia, la justicia en el trato, la claridad para comunicar decisiones, la disposición para asumir responsabilidades cuando las cosas no salen bien y la capacidad para proteger al grupo frente a la presión externa. Un dirigente que respalda a sus jugadores en los momentos difíciles suele construir un liderazgo mucho más sólido que aquel que únicamente acumula victorias.
El manager moderno, además, ya no trabaja solo. A su alrededor existe un cuerpo técnico altamente especializado integrado por coaches de banca, de pitcheo, de bateo, de primera y tercera base, de bullpen, de receptores, de control de calidad, analistas de video, preparadores físicos y especialistas en información estadística. Sin embargo, toda esa estructura desemboca finalmente en una sola persona. Es el manager quien escucha opiniones, pondera alternativas, asume la responsabilidad de la decisión final y responde por ella frente a la organización, los jugadores, la prensa y la afición. Delegar funciones nunca significa delegar responsabilidades.
Entonces, ¿se nace para manager o se aprende a dirigir? Probablemente ambas cosas. Existen personas que parecen llegar al beisbol con una natural capacidad para conducir grupos, comunicar ideas y generar confianza. Pero esas cualidades, por sí solas, nunca bastan. La experiencia, el estudio permanente, la humildad para seguir aprendiendo y la capacidad para convertir el conocimiento en decisiones oportunas terminan moldeando a los grandes dirigentes.
Por eso los mejores managers nunca dejan de aprender. Cada temporada representa un desafío distinto; cada derrota deja una enseñanza; cada error obliga a revisar convicciones; cada pelotero que pasa por sus manos aporta una nueva perspectiva. Los dirigentes verdaderamente exitosos entienden que el beisbol evoluciona permanentemente y que ellos deben hacerlo al mismo ritmo. La experiencia no puede convertirse en inmovilismo, ni la innovación en una moda irreflexiva. El equilibrio entre tradición y adaptación suele distinguir a los mejores.
Un ejemplo contemporáneo lo representa Dave Roberts, manager de los Dodgers de Los Ángeles. Pocos dirigentes han sido tan cuestionados por sus decisiones tácticas, particularmente en postemporada, y al mismo tiempo tan exitosos de manera sostenida. Cada cambio de lanzador, cada sustitución o cada movimiento estratégico suyo suele generar intensos debates entre aficionados y analistas. Sin embargo, temporada tras temporada sus equipos compiten por el campeonato, acumulan títulos divisionales, conquistan banderines de la Liga Nacional y han levantado la Serie Mundial. Su trayectoria confirma que el trabajo de un manager no puede evaluarse únicamente por una decisión aislada o por la percepción del momento, sino por la consistencia, la capacidad de sostener el éxito y los resultados obtenidos a lo largo de los años.
Tal vez por eso los campeonatos rara vez pertenecen exclusivamente al gran bateador, al pitcher dominante o al jugador más valioso. Detrás de cada equipo campeón suele existir un dirigente capaz de descubrir el momento oportuno para cada decisión, de administrar el talento sin lastimar los egos, de sostener unido al clubhouse cuando llegan las derrotas y de mantener la serenidad cuando todos los demás sienten que el partido se escapa.
Porque un gran pelotero puede decidir un encuentro con un swing memorable, una atrapada espectacular o un lanzamiento imbateable. Un gran manager, en cambio, suele influir sin que el aficionado lo advierta. Su mayor virtud consiste en lograr que el jugador indicado llegue al momento decisivo preparado para responder, que cada pieza encuentre su lugar dentro del conjunto y que el talento individual termine convirtiéndose en fortaleza colectiva.
Y quizá ahí encontremos la respuesta definitiva. Algunos nacen con cualidades para liderar, pero los grandes managers se forjan durante toda una vida dedicada al beisbol. No dirigen únicamente una alineación ni administran cambios de lanzadores; conducen personas, forman equipos, desarrollan talento, resuelven conflictos, generan confianza y convierten un grupo de individualidades en una auténtica organización competitiva. Los campeonatos no sólo se ganan con el mejor bateador o con el pitcher más dominante. También se conquistan con la inteligencia, la serenidad, la preparación y la visión estratégica de quien, desde el dugout, sabe conducir el talento colectivo hacia un mismo objetivo. Ahí reside, quizá, la más compleja y admirable de todas las posiciones que existen dentro de un diamante
@Salvadorcosio1














