Durante décadas, Grandes Ligas entendió a México principalmente como un mercado cercano, apasionado y naturalmente conectado con el beisbol. Pero lo que ocurre hoy va mucho más allá de eso. México dejó de ser únicamente un país consumidor de transmisiones deportivas o mercancía oficial. Se convirtió en uno de los mercados culturales más importantes para MLB fuera de Estados Unidos.

Y, sin embargo, todavía parece existir una enorme distancia entre el tamaño real de la afición mexicana… y el nivel de inversión estructural que Grandes Ligas mantiene en el desarrollo del béisbol nacional.

La relación emocional entre México y MLB es profunda, histórica y enormemente poderosa. Particularmente con organizaciones como Dodgers de Los Ángeles, que durante décadas construyeron una conexión especial con millones de aficionados mexicanos a partir de una figura irrepetible: Fernando Valenzuela.

La “Fernandomanía” no fue solamente un fenómeno deportivo. Representó identidad, orgullo y sentido de pertenencia para millones de mexicanos que por primera vez vieron a uno de los suyos convertirse en protagonista absoluto del deporte más complejo del mundo.

Después llegarían nombres importantes como Adrián González, referente moderno del pelotero mexicano exitoso en Grandes Ligas; Víctor González, pieza importante del campeonato angelino; Sergio Romo en un breve y poco valorado paso por la organización; y ahora el reciente arribo de Alek Thomas, que vuelve a conectar a Dodgers con un enorme sector de la afición mexicana.

Pero incluso ahí aparecen matices interesantes.

Porque muchos aficionados siguen sintiendo que Dodgers ama profundamente el mercado mexicano… aunque no siempre ha sabido construir la misma cercanía constante con el pelotero mexicano.

El caso de Fernando sigue dejando incluso cierta percepción difícil de ignorar. Sí, Dodgers retiró merecidamente su número y terminó reconociendo públicamente su dimensión histórica. Pero para muchos quedó la sensación de que la organización pudo haber empujado todavía más fuerte para respaldar seriamente su llegada a Cooperstown.

Porque Fernando no solamente ganó juegos: transformó culturalmente el béisbol.

Y también existen otros casos discutibles.

Sergio Romo prácticamente fue desechado por Dodgers bajo la percepción de que estaba terminado competitivamente. Después siguieron todavía varias temporadas sólidas en Grandes Ligas y posteriormente una conexión muy exitosa con Charros de Jalisco.

Víctor González aportó en momentos importantes y terminó desapareciendo rápidamente del radar angelino. Y alrededor de Julio Urías permanece naturalmente una relación compleja, marcada por su grave error personal y las consecuencias derivadas de ello, aunque también persiste entre algunos aficionados la sensación de distanciamiento absoluto hacia quien llegó a convertirse en uno de los brazos más importantes de la organización.

Mientras tanto Padres de San Diego continúa representando quizá una de las grandes oportunidades parcialmente desaprovechadas de MLB respecto al mercado mexicano.

La organización comparte frontera natural con millones de aficionados mexicanos, posee una enorme cercanía cultural y deportiva con Baja California y el norte del país, y además ha contado con figuras sumamente atractivas como Fernando Tatis Jr., Manny Machado o en su momento Christian Villanueva, quien atravesaba probablemente el mejor momento de su carrera cuando terminó perdiendo espacio tras la llegada de Machado.

Y aun así, Padres todavía no termina de construir una identidad mexicana tan fuerte y profunda como la que históricamente sí logró desarrollar Dodgers.

Giants de San Francisco representa otro caso profundamente simbólico.

La organización mantiene desde hace años una conexión emocional muy fuerte con la afición mexicana gracias a la figura de Sergio Romo. Resulta imposible olvidar el ambiente vivido en Oracle Park cuando Giants decidió traer de regreso al mítico “Mechón” solamente para permitirle retirarse vistiendo nuevamente la franela de San Francisco.

Aquella noche el estadio prácticamente se llenó de identidad mexicana.

Miles de aficionados inundaron las tribunas portando camisetas, pancartas y mensajes dedicados a Romo, reconociendo al único pelotero mexicano con tres anillos de Serie Mundial. Más que una ceremonia deportiva, aquello pareció una celebración colectiva de orgullo, pertenencia y memoria beisbolera.

Y quizá ahí apareció una de las imágenes más poderosas de la relación actual entre México y Grandes Ligas: una afición mexicana capaz de apropiarse emocionalmente de organizaciones históricas de MLB como si también formaran parte de su propia identidad deportiva.

Y en ese mismo escenario también aparecen organizaciones como Diamondbacks de Arizona, que históricamente han mantenido una cercanía importante con la afición mexicana, particularmente en Sonora. La conexión natural del beisbol sonorense con Arizona sigue siendo enorme, y aunque recientemente Alek Thomas pasó precisamente de Arizona a Dodgers, la organización de Phoenix continúa teniendo una relación muy cercana con buena parte del norte beisbolero mexicano.

Todo ello ayuda a entender por qué el Oeste de la Liga Nacional se ha convertido prácticamente en territorio emocional del aficionado mexicano.

Dodgers, Padres, Giants y Diamondbacks ya no solamente compiten entre sí por la división. También compiten por una afición mexicana cada vez más involucrada, más informada y más apasionada.

Pero precisamente ahí aparece el siguiente gran desafío.

¿Cómo sostener y fortalecer ese crecimiento?

Porque vender gorras, organizar una serie ocasional en México o explotar comercialmente el mercado ya no parece suficiente.

MLB necesita involucrarse mucho más profundamente en el desarrollo estructural del beisbol mexicano.

Y eso implica:más academias; más scouting; más seguimiento de prospectos; más inversión en desarrollo; más oportunidades reales para jóvenes mexicanos; y más presencia constante de Grandes Ligas en territorio nacional.

Durante años múltiples organizaciones construyeron academias y sistemas completos de captación de talento en República Dominicana y otras regiones del Caribe. México perfectamente podría convertirse también en un enorme semillero estratégico para Grandes Ligas.

Pero para ello hace falta algo más que discursos de expansión internacional.

Hace falta inversión seria.

Porque además el talento mexicano sigue apareciendo incluso pese a las enormes limitaciones estructurales del beisbol nacional.

Ahí están Jonathan Aranda, Marcelo Mayer, Brandon Valenzuela, Alejandro Kirk o Javier Assad como ejemplos recientes de una nueva generación que combina talento natural, formación tradicional y herramientas modernas de desarrollo.

Lo preocupante es imaginar hasta dónde podría llegar México si existiera una verdadera estructura integral de formación respaldada tanto por el béisbol nacional como por una participación más activa de MLB.

Porque hoy el problema ya no es la falta de afición.

México consume Grandes Ligas masivamente. México llena estadios. México sigue diariamente el comportamiento de Dodgers, Padres, Astros, Yankees, Giants o Diamondbacks. México mueve audiencias, mercado y conversación.

El siguiente paso ya no consiste solamente en seguir vendiendo el espectáculo.

Consiste en ayudar a desarrollar de verdad el beisbol mexicano.

Porque MLB ya entendió cuánto vale el aficionado mexicano.

Ahora falta demostrar cuánto está dispuesto a invertir realmente en él.