Durante décadas se repitió casi como verdad absoluta que México era un país futbolero y que el beisbol sobrevivía únicamente en ciertos rincones del norte o del Pacífico. La realidad actual empieza a desmentir esa vieja percepción. Porque el beisbol mexicano ya no solamente resiste: se está expandiendo culturalmente, consolidando aficiones, fortaleciendo identidad regional y ganando terreno incluso en plazas donde históricamente parecía condenado a ocupar un papel secundario.

Y quizá uno de los casos más visibles sea hoy Jalisco.

Durante muchos años Guadalajara fue considerada territorio exclusivamente futbolero. Parecía imposible construir una afición sólida y permanente alrededor del béisbol profesional. Sin embargo, el crecimiento sostenido de Charros de Jalisco terminó modificando el mapa deportivo regional. Lo que hoy ocurre en Zapopan ya no puede explicarse como entusiasmo temporal ni como una simple moda deportiva.

Entre temporada regular, postemporada y eventos internacionales, el Estadio Panamericano alberga cerca de un centenar de juegos profesionales al año. Con asistencias promedio superiores a seis mil aficionados por encuentro —y entradas mucho mayores en series importantes— puede estimarse que alrededor de seiscientas mil personas acuden anualmente al inmueble para consumir beisbol. Una cifra altamente competitiva incluso frente al flujo aproximado de aficionados que asisten cada año a los encuentros de Chivas en el Estadio Akron.

Eso habla de algo más profundo:una cultura deportiva que dejó de ser marginal.

Y además Charros representa hoy un caso singular dentro del deporte profesional mexicano. Es la única organización del país con presencia estable y competitiva tanto en verano como en invierno, participando en las dos grandes ligas profesionales nacionales. Eso convierte a Jalisco en la única plaza mexicana con béisbol profesional prácticamente durante todo el año.

Pero el fenómeno jalisciense no apareció de la nada.

Detrás de la llamada “charromanía” existe una construcción larga y sostenida por generaciones de impulsores, empresarios, directivos, managers, medios de comunicación y aficionados que durante años trabajaron para abrirle espacio al béisbol en una región dominada históricamente por el futbol. Ahí aparecen nombres como Álvaro Lebrija, Adalberto Ortega Solís, José Guillermo Cosío Gaona, Salvador Quirarte y muchos otros promotores fundamentales para consolidar el crecimiento del béisbol jalisciense.

También dejaron huella managers profundamente identificados con distintas etapas del proyecto, como Guillermo “Memo” Garibay, Benjamín “Cananea” Reyes, Roberto Castellón Yuen, Roberto “Chapo” Vizcarra y, más recientemente, Benjamín Gil, cuya personalidad polémica jamás ha impedido reconocer su enorme capacidad competitiva y el impacto que terminó teniendo dentro del crecimiento reciente de Charros y del propio beisbol mexicano contemporáneo.

Y tampoco puede ignorarse el papel que durante años desempeñaron medios impresos, radiofónicos, televisivos y plataformas digitales que fueron abriendo espacio al béisbol jalisciense incluso cuando muchos seguían tratándolo como un deporte secundario. La construcción de afición también necesita narrativa, conversación pública y presencia constante.

Ahí permanece igualmente el esfuerzo de agrupaciones de aficionados como la Peña Beisbolera de Jalisco “Los Peloteros”, junto con numerosos cronistas, promotores y seguidores del llamado “rey de los deportes”, que ayudaron a mantener viva la cultura beisbolera local mucho antes de que el fenómeno alcanzara la dimensión actual.

Y además Charros ha logrado construir prestigio deportivo propio alrededor de su historia reciente. Por distintas etapas del béisbol jalisciense y de la propia organización han pasado figuras históricas y emblemáticas como Fernando Valenzuela, Sergio Romo, Jorge “Charolito” Orta y Aurelio Rodríguez; referentes contemporáneos como Roberto Osuna y Christian Villanueva; e incluso figuras de enorme peso actual en Grandes Ligas como Max Muncy. También merece mención Ricardo Rentería, quien además de su paso como jugador en Grandes Ligas logró posteriormente destacar como manager en la propia Gran Carpa.

A ello se suma que Zapopan terminó consolidándose como sede internacional de primer nivel al albergar eventos de la magnitud del Clásico Mundial de Béisbol, Premier 12, Series del Caribe y otras competencias internacionales de gran impacto.

Pero Jalisco no es un caso aislado.

En Sonora —quizá la región más profundamente beisbolera del país— el juego forma parte de la vida cotidiana en Hermosillo, Ciudad Obregón, Navojoa, Guaymas y Empalme. En Sinaloa, plazas como Culiacán, Mazatlán, Guasave y Los Mochis viven el béisbol como parte esencial de su identidad regional. Algo similar ocurre en Baja California con Mexicali y Tijuana; en Coahuila con Saltillo y Monclova; en Nuevo León con Monterrey; en Chihuahua; en Veracruz; en Oaxaca; en Yucatán y Campeche; y también en Nayarit, donde el arraigo histórico del béisbol sigue profundamente vivo en distintas regiones del estado.

Ahí el béisbol ya no pelea por existir.

Es, simplemente, la principal religión deportiva de enormes sectores sociales.

Y dentro de esa construcción histórica también deben reconocerse figuras empresariales que entendieron al béisbol no solamente como espectáculo, sino como proyecto cultural y deportivo de largo plazo. Ahí permanece el legado de Alejo Peralta, pionero fundamental en la consolidación moderna del béisbol profesional mexicano; y, en tiempos más recientes, el trabajo de Alfredo Harp Helú, cuyo impulso institucional, infraestructura, visión organizativa y respaldo permanente ayudaron a elevar el estándar del béisbol nacional contemporáneo tanto dentro como fuera del terreno.

México necesita más Peraltas y más Harps.

Pero también necesita algo más profundo: sacudir estructuras que llevan demasiado tiempo funcionando sin coordinación real.

Porque mientras el beisbol crece desde abajo, desde las regiones y desde la afición, siguen faltando decisiones estructurales arriba. Sigue faltando una federación verdaderamente articuladora, ligas mucho más coordinadas entre sí y una política pública deportiva seria que deje de mirar al béisbol como un actor secundario.

El talento existe. La afición existe. La cultura beisbolera existe. Los mercados están creciendo.

Lo que sigue faltando es voluntad estructural para convertir todo eso en un verdadero proyecto nacional de largo alcance.

Porque el béisbol mexicano ya dejó claro que puede crecer.

Ahora hace falta que quienes toman decisiones estén a la altura de ese crecimiento.

Porque durante años se creyó que el béisbol sobrevivía únicamente en ciertas regiones del país.

Hoy empieza a ocurrir exactamente lo contrario: el beisbol mexicano está expandiendo su cultura, consolidando nuevos territorios y construyendo aficiones cada vez más sólidas.

Y quizá Jalisco sea una de las pruebas más visibles de que el mapa deportivo nacional ya comenzó a cambiar.