Hay peloteros que dejan récords. Otros dejan campeonatos, imágenes imborrables o números retirados. Tommy John dejó algo todavía más extraño y probablemente más trascendente: su nombre se convirtió en sinónimo de volver a empezar.

Thomas Edward John Jr. murió a los 83 años, después de una vida que habría sido suficientemente notable aun sin aquella operación que terminó transformando para siempre el beisbol. Lanzó durante 26 temporadas en Grandes Ligas, desde 1963 hasta 1989, ganó 288 juegos, fue cuatro veces All-Star y vistió los uniformes de Cleveland, White Sox, Dodgers, Yankees, Angels y Athletics. Su último juego llegó cuando ya había cumplido 46 años. Sin embargo, cuando alguien pronuncia hoy “Tommy John”, millones de aficionados piensan primero en una cirugía y después en el pitcher. Y ésa quizá sea la dimensión más extraordinaria de su legado.

En 1974, Tommy John tenía 31 años y atravesaba una formidable temporada con Dodgers. Llevaba marca de 13-3 cuando se rompió el ligamento colateral cubital del codo izquierdo. En aquella época semejante lesión era, prácticamente, una sentencia. Un pitcher podía intentar rehabilitarse, soportar el dolor o simplemente aceptar que su carrera había terminado.

El doctor Frank Jobe, médico de los Dodgers, imaginó otra posibilidad: reemplazar el ligamento destruido utilizando un tendón tomado del propio brazo de John. Nunca se había realizado exitosamente semejante reconstrucción en el codo de un pitcher de Grandes Ligas. El propio Jobe estimaría después que le daba aproximadamente una posibilidad entre cien de funcionar.

Tommy John aceptó. Y ahí cambió la historia.

La cirugía duró alrededor de cuatro horas. Después vino una rehabilitación larguísima, complicada además por problemas en el nervio cubital que requirieron otra intervención. John perdió toda la temporada de 1975, reconstruyó prácticamente desde cero la fuerza de su brazo y en abril de 1976 volvió a lanzar en Grandes Ligas. Nadie sabía entonces si aquello representaría apenas una despedida digna o el comienzo de algo verdaderamente revolucionario.

Fue lo segundo.

Antes de la operación Tommy John había ganado 124 juegos. Después ganó 164. No solamente volvió: fue mejor durante largos periodos. En 1977 ganó 20 juegos con Dodgers y terminó segundo en la votación del Cy Young de la Liga Nacional. Su carrera se prolongó otros 14 años y terminó acumulando aquellas 288 victorias que todavía hoy lo colocan entre los lanzadores más ganadores de la historia moderna. Frank Jobe inventó la operación. Tommy John demostró que podía existir una segunda vida después de ella.

Desde entonces miles de pitchers, profesionales y amateurs, han atravesado la puerta que aquellos dos hombres abrieron. Shohei Ohtani, Justin Verlander y una interminable relación de estrellas pudieron regresar después de lesiones que antes hubieran significado prácticamente el final. Más de medio siglo después, decir que un lanzador “necesitará Tommy John” forma parte del lenguaje cotidiano del beisbol. Ahí reside una hermosa paradoja: el doctor realizó la cirugía, pero el paciente terminó dándole el nombre.

Y Tommy John nunca dejó de reconocer a Frank Jobe. Sabía perfectamente que sin aquel médico visionario su carrera habría terminado en 1974.

Pero también es justo reconocer la otra mitad de la historia: sin un atleta dispuesto a aceptar un procedimiento prácticamente experimental, soportar meses interminables de rehabilitación y después regresar a enfrentar bateadores de Grandes Ligas, quizá la genialidad quirúrgica de Jobe habría tardado muchos años más en demostrar todo su potencial. Fue una sociedad entre ciencia y coraje.

Por eso su muerte obliga también a recuperar al pitcher, porque la fama de la operación terminó, paradójicamente, eclipsando una carrera extraordinaria. Tommy John no fue un paciente célebre que además jugaba beisbol. Fue un magnífico lanzador. Ganó 288 encuentros con efectividad de 3.34 y 2,245 ponches en una carrera que atravesó cuatro décadas. Fue abridor del Día Inaugural para los White Sox en 1966 y, 23 años después, volvió a serlo para los Yankees en 1989. Pocos ejemplos explican mejor su extraordinaria longevidad.

Y entonces aparece una pregunta inevitable: ¿qué hace Tommy John fuera del Salón de la Fama?

Nunca consiguió los 300 triunfos que durante décadas funcionaron casi como boleto automático a Cooperstown, pero se quedó apenas a doce. Durante sus años en la boleta de los escritores nunca estuvo cerca del porcentaje requerido. Sin embargo, sus 288 victorias tienen un peso considerable y su permanencia durante 26 temporadas habla de algo que va mucho más allá de una simple acumulación estadística.

Naturalmente, un Salón de la Fama debe evaluar primordialmente lo realizado dentro del terreno. No sería correcto otorgar una placa simplemente porque una cirugía terminó llevando el apellido de un jugador. Pero Tommy John posee ambas cosas. Tiene una carrera que por sí misma merece discusión y, adicionalmente, una influencia sobre la historia del deporte que muy pocos peloteros pueden siquiera aproximarse a reclamar. ¿Cuántos jugadores pueden decir que décadas después de retirarse su nombre sigue pronunciándose diariamente en clubhouses, hospitales, transmisiones deportivas y conversaciones entre aficionados?

Y hay otra arista que no debe perderse. Tommy John terminó preocupado por el enorme incremento de cirugías entre lanzadores jóvenes. Él sabía mejor que nadie que aquella operación era un recurso extraordinario para salvar carreras, pero nunca fue concebida como una especie de mantenimiento preventivo para brazos sometidos desde la adolescencia a velocidades y cargas excesivas. Eso también forma parte del legado.

La cirugía Tommy John no debería celebrarse porque exista. Debe celebrarse porque permite recuperar algo que parecía perdido. La diferencia es enorme. En 1974, una rotura del ligamento colateral cubital podía significar: “se acabó”. Después de Jobe y John comenzó a significar otra cosa: “hay un camino de regreso”.

Y quizá por eso pocas figuras representan mejor una idea tan profundamente humana dentro del deporte: caerse, reconstruirse, volver y descubrir que todavía queda muchísimo por hacer. Tommy John ganó más juegos con el brazo reconstruido que con el original. Hay pocas sentencias mejores para resumir su vida.

Murió el hombre, pero difícilmente desaparecerá el nombre. Cada primavera llegará algún pitcher extraordinario que sentirá dolor en el codo. Llegará el diagnóstico temido. Vendrá la cirugía, después meses de rehabilitación, dudas, miedo y trabajo. Y finalmente, si todo marcha bien, volverá a subir a una lomita. Entonces volveremos a escuchar las mismas dos palabras: Tommy John.

Frank Jobe creó una de las grandes revoluciones de la medicina deportiva. Tommy John tuvo el valor de convertirse en el primero en demostrar que funcionaba. Y aunque Cooperstown siga debiéndole una discusión mucho más seria, existe un Salón de la Fama todavía más difícil de alcanzar: aquel reservado para quienes modificaron para siempre la manera en que se juega el deporte. Tommy John ya está ahí.

Porque algunos grandes pitchers ganan partidos, otros ganan campeonatos y unos cuantos cambian épocas. Tommy John ayudó a salvar carreras enteras. Y cada brazo que vuelve después de aquella cirugía constituye, de alguna manera, otro juego ganado por él.

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