Cada cierto tiempo reaparece una vieja preocupación entre algunos observadores del deporte: que los grandes fenómenos internacionales terminan opacando a los talentos nacionales. Sin embargo, lo que está ocurriendo actualmente con Shohei Ohtani parece demostrar exactamente lo contrario.

El extraordinario pelotero japonés se ha convertido en una figura global. Su impacto rebasa las fronteras del beisbol y alcanza dimensiones pocas veces vistas desde los mejores años de la Fernandomanía. Ohtani vende camisetas, llena estadios, dispara audiencias televisivas y multiplica el interés por las Grandes Ligas en prácticamente cualquier rincón del planeta.

México no es la excepción.

Pero lo interesante es que ese fenómeno no está alejando a los aficionados mexicanos de sus propios peloteros. Más bien está ocurriendo lo contrario. Cada vez más personas llegan atraídas por la figura de Ohtani, por el poder mediático de los Dodgers o por la espectacularidad de las Grandes Ligas y terminan descubriendo también a Jonathan Aranda, Isaac Paredes, Andrés Muñoz, Javier Assad, Alejandro Kirk, Randy Arozarena, Marcelo Mayer o Brandon Valenzuela.

No es casualidad.

Los Dodgers ocupan un lugar especial dentro de la cultura deportiva de millones de mexicanos. Desde los tiempos de Fernando Valenzuela se construyó una relación emocional muy difícil de igualar. Generaciones enteras crecieron siguiendo al equipo angelino. La cercanía geográfica, la enorme comunidad mexicana en California y el legado de Fernando ayudaron a convertir a la organización en algo más que una franquicia deportiva para muchos aficionados de este lado de la frontera.

Ahora Ohtani ha revitalizado ese vínculo.

Y lo ha hecho en una época donde las formas de consumir beisbol también cambiaron radicalmente.

Hoy un aficionado puede seguir un juego de Dodgers desde Guadalajara, Monterrey, Hermosillo o Mérida; consultar estadísticas avanzadas desde su teléfono; escuchar podcasts especializados; participar en comunidades digitales y observar diariamente el desempeño de los peloteros mexicanos que militan en las Grandes Ligas.

Pero además, Ohtani parece haber entrado en una dimensión distinta dentro de la historia del juego. Durante años fue admirado como un fenómeno excepcional capaz de lanzar y batear al más alto nivel. Después fue reconocido como un extraordinario cañonero capaz de competir por los lideratos ofensivos. Más tarde se le comparó con los mejores lanzadores o con los mejores bateadores del mundo.

Hoy esa comparación parece haber quedado rebasada.

Ohtani ya no compite contra Aaron Judge, ni contra los mejores sluggers, ni contra los mejores pitchers de las Grandes Ligas. Está siendo evaluado en una categoría propia.

Lo que está realizando esta temporada resulta difícil de dimensionar. Mientras mantiene una efectividad que ronda un impresionante 0.74 desde la loma, también batea alrededor de .300, produce carreras, se embasa constantemente y continúa siendo un factor ofensivo determinante para los Dodgers. Cualquier lanzador con esos números sería candidato natural al Cy Young. Cualquier bateador con esa producción sería pieza fundamental de una alineación contendiente. Ohtani hace ambas cosas simultáneamente.

Pero quizá lo más importante ni siquiera aparece en las estadísticas.

Dentro y fuera del terreno se ha convertido en un factor de cohesión para una organización repleta de estrellas. Su profesionalismo, disciplina, liderazgo silencioso y capacidad para asumir responsabilidades en ambos lados del juego lo han transformado en una referencia permanente dentro del clubhouse. Ya no es solamente un extraordinario jugador de béisbol. Es el punto de equilibrio de uno de los equipos más observados del planeta.

Y mientras millones de aficionados siguen a Ohtani y a los Dodgers, México continúa produciendo historias propias. Jonathan Aranda se consolida como una realidad. Isaac Paredes mantiene su condición de referente ofensivo. Andrés Muñoz se encuentra entre los relevistas más dominantes del juego. Javier Assad continúa ganándose respeto apertura tras apertura. Alejandro Kirk espera regresar plenamente después de una inoportuna lesión. Marcelo Mayer sigue proyectándose como una de las grandes figuras de origen mexicano del futuro cercano. Brandon Valenzuela alimenta la ilusión de una nueva generación de receptores mexicanos. Incluso Jarren Durán, con sus raíces mexicanas, comienza a despertar un interés creciente entre los aficionados nacionales.

Quizá ahí se encuentre una de las mejores noticias para el béisbol mexicano.

Mientras algunos siguen discutiendo si el futbol absorberá toda la atención por la cercanía del Mundial de 2026, el beisbol continúa creciendo silenciosamente. Las audiencias aumentan. Los estadios mejoran. Las plataformas digitales multiplican el alcance del juego. Los peloteros mexicanos siguen llegando a escenarios cada vez más importantes.

Y la afición responde.

Porque el aficionado mexicano actual no tiene necesidad de escoger entre un deporte y otro. Puede emocionarse con el Mundial de Futbol y al mismo tiempo esperar con ansiedad la llegada de septiembre y octubre, cuando comienzan las carreras definitivas hacia la postemporada de las Grandes Ligas.

Por eso el fenómeno Ohtani no representa una amenaza para el beisbol mexicano.

Representa una oportunidad.

La oportunidad de que más aficionados lleguen al juego.

Y una vez dentro, descubran que México también tiene sus propias historias que contar.

X: @salvadorcosio1