Podemos hablar durante meses de jonrones, lineups monstruosos, bateadores de 30 o 40 cuadrangulares, profundidad ofensiva y bancas capaces de reemplazar a cualquier lesionado. Todo importa. Pero conforme la campaña entra en su parte decisiva y octubre aparece cada vez más cerca, el beisbol vuelve inevitablemente a una de sus verdades más antiguas: el pitcheo es el pitcheo, es el pitcheo y es el pitcheo. Y dentro del beisbol moderno de postemporada existe una segunda verdad que cada año adquiere mayor relevancia: ya no basta tener buenos abridores; hay que tener quién saque los outs que faltan cuando ellos se van. Ahí está el bullpen.
Un gran abridor puede dominar cinco, seis o siete entradas y entregar un juego 2-1, 1-0 o incluso sin carrera, pero si el relevo no puede recorrer de manera confiable el camino hasta el out 27, todo aquello puede convertirse en estadística inútil en cuestión de minutos. Por eso la profundidad de pitcheo empieza a valer en esta época incluso más que una banca ofensiva extraordinaria.
Tomemos a Dodgers como ejemplo, sin convertir esto otra vez en una obsesión angelina. Su acumulación de brazos ayuda a explicar perfectamente el concepto. Los Ángeles puede imaginar una rotación de postemporada encabezada por sus caballos y, además, dispone de pitchers como Roki Sasaki, Justin Wrobleski, Emmet Sheehan y otros brazos que, cuando no tienen lugar entre los abridores titulares, pueden convertirse en opciones extraordinarias para el bullpen. En temporada regular tanta abundancia permite sobrevivir lesiones y administrar cargas; en octubre puede significar algo todavía más valioso: convertir abridores de calidad en relevistas de lujo.
No sería ninguna novedad. La historia de la postemporada está llena de pitchers acostumbrados a abrir juegos que, al reducirse las rotaciones a tres o cuatro hombres, terminaron apareciendo desde el bullpen para resolver una sexta, séptima u octava entrada capaz de decidir una temporada completa. Un brazo acostumbrado a trabajar cinco o seis innings puede resultar devastador cuando se le pide solamente conseguir tres, seis o nueve outs utilizando todo lo que tiene. Eso cambia juegos.
Pero existe también la otra cara de esa abundancia: las lesiones. Cuando empiezan a caer abridores, aquellos brazos destinados a fortalecer el bullpen deben regresar a la rotación. Y si al mismo tiempo se lesionan relevistas, el manager comienza a mover piezas, subir pitchers, cambiar roles y utilizar en situaciones críticas a hombres que quizá semanas atrás estaban destinados a otra función. La profundidad es fundamental, pero ninguna profundidad es infinita.
Ahí aparece otro factor que suele subestimarse cuando se habla de agosto y octubre: el desgaste. La parte final de la campaña llega después de meses de viajes, aperturas, relevos, innings acumulados y pequeñas molestias que muchas veces no alcanzan para mandar a un pitcher a la lista de lesionados, pero sí para restarle frescura. Y cuando empieza la postemporada, lejos de disminuir la exigencia, todo se vuelve todavía más complejo.
Las series cortas alteran rutinas, reducen descansos y obligan a administrar brazos de manera muy distinta a la temporada regular. Hay juegos en los que no existe un abridor plenamente descansado y el manager tiene que construir nueve entradas prácticamente con el bullpen. Hay aperturas que duran cuatro innings y obligan a pedir quince outs al relevo. Hay serpentineros que lanzaron dos días antes y tienen que volver porque no existe mañana. Y hay juegos definitivos en los que desaparecen los roles tradicionales: el abridor puede entrar como relevista, el cerrador puede aparecer antes de la novena y el pitcher que teóricamente debía descansar termina trabajando porque la temporada entera depende de sacar un out.
Ahí es donde la profundidad deja de ser lujo y se convierte en supervivencia. Porque en un séptimo juego ya no importa demasiado quién era el primero, segundo o quinto abridor en abril; importa quién tiene todavía brazo para lanzar. No importa quién era preparador de mesa o quién estaba destinado a cerrar; importa quién puede retirar al bateador que tienes enfrente. Y muchas veces el campeonato termina dependiendo del pitcher que aparecía décimo o duodécimo en la jerarquía cuando comenzó la temporada.
Por eso un equipo verdaderamente diseñado para octubre necesita mucho más que tres grandes abridores y un cerrador famoso. Necesita brazos. Muchos. Necesita pitchers capaces de asumir distintos roles, trabajar entradas múltiples, lanzar con descanso corto y sobrevivir cuando la serie obliga a utilizar el bullpen tres o cuatro noches prácticamente consecutivas.
Todo contendiente serio debe hacerse ahora la misma pregunta: ¿quién lanzará después de mi abridor? No solamente quién cerrará, sino quién sacará el cuarto, quinto y sexto out; quién enfrentará al corazón del lineup contrario con corredores en primera y tercera en la séptima; quién podrá trabajar dos entradas si el abridor solamente entrega cuatro; quién podrá lanzar tres veces en cinco días; quién tendrá el carácter para entrar con casa llena y un out cuando todo el estadio esté de pie. Ahí se ganan muchas series.
Durante décadas aprendimos a identificar al gran cerrador como el hombre decisivo de un bullpen y sigue siendo fundamental. Pero el beisbol moderno amplió el problema. Hoy puede ser todavía más importante disponer de tres o cuatro relevistas de alto apalancamiento capaces de construir el puente completo hasta la novena. De nada sirve tener un bombardero detrás de otro si cada noche necesitas anotar ocho carreras para ganar.
Puedes poseer una alineación plagada de estrellas y naturalmente habrá noches en que semejante poder destruya al rival. Pero octubre está lleno de juegos 3-2, 2-1 o 1-0, encuentros donde un solo lanzamiento decide quién sigue jugando y quién se va de vacaciones. Ahí ningún currículum ofensivo puede compensar un mal relevo. Un jonrón te puede ganar un partido. Un bullpen puede ganarte una postemporada.
Por eso también conviene revisar lo que tantas veces llamamos “profundidad”. La verdadera profundidad de octubre no consiste simplemente en tener dos buenos suplentes por posición. Consiste en poder perder un pitcher sin que todo el edificio se venga abajo; en tener un abridor número seis que pueda convertirse en relevista largo, un joven capaz de aparecer en una sexta entrada complicada y un brazo fresco disponible cuando los titulares ya cargan ciento cincuenta o ciento ochenta innings encima.
Y ésa es una de las grandes paradojas del final de campaña. Un equipo puede llegar a septiembre con demasiados abridores y parecer que tiene un problema para acomodarlos, pero si llegan sanos a octubre esa supuesta sobrepoblación puede convertirse en oro. Cuatro forman la rotación y los restantes fortalecen el bullpen. El problema aparece cuando las lesiones cambian todo: el sexto debe volver a abrir, el séptimo pasa a ser quinto y aquel pitcher que debía ayudarte en la séptima termina nuevamente iniciando juegos. Ahí un favorito empieza silenciosamente a dejar de serlo.
Por eso las últimas semanas de la temporada no servirán únicamente para determinar quién termina primero en cada división. Servirán para algo quizá más importante: saber quién llegará entero, quién puede administrar mejor sus brazos, quién consigue descansar a sus piezas fundamentales, quién recupera lesionados y quién tiene suficiente reserva para soportar las inevitables averías que todavía pueden aparecer. Porque octubre no permite reconstruir bullpens.
Y cuando llegan aquellas series donde todos están cansados, donde el quinto juego desgastó al relevo, el sexto obligó a utilizar al cerrador cuatro outs y el séptimo comienza sin un abridor plenamente descansado, ahí desaparecen las teorías y empieza la verdadera prueba de profundidad. Es entonces cuando un manager voltea hacia su bullpen y descubre si tiene soluciones o solamente nombres.
La ofensiva importa. Por supuesto. La banca importa. La defensa puede decidir una serie. Pero el juego se sigue gobernando desde la lomita. El beisbol se gana anotando carreras, pero los campeonatos muchas veces se ganan evitando que el otro las anote.
Y cuando comienza la postemporada, los grandes nombres sirven, las nóminas impresionan y los bombarderos venden boletos. Pero llegado el momento de la verdad sólo queda una pregunta verdaderamente urgente: ¿quién va a sacar los últimos nueve outs?
Porque en octubre, más que nunca, el pitcheo es el pitcheo, es el pitcheo… y un bullpen profundo puede ser la diferencia entre levantar el trofeo o mirar la Serie Mundial por televisión.
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