Tres outs. Solamente tres outs separaban a Milwaukee de su primer campeonato de Serie Mundial. Era la duodécima entrada, los Brewers acababan de romper el empate y ganaban 3-2. La barrida parecía consumada, la celebración estaba preparada y miles de aficionados, tanto en el estadio como frente a las pantallas, aguardaban el desenlace. Pero faltaba lo más importante: retirar a los últimos tres bateadores. Tampa Bay se negó a entregar la temporada, construyó con inteligencia las carreras del empate y de la victoria y convirtió una coronación que parecía inminente en una de esas noches inolvidables que solamente el beisbol puede ofrecer. ¡Qué manera de reivindicar la grandeza del Rey de los Deportes!

Fue una batalla extraordinaria entre dos equipos que finalmente mostraron, al mismo tiempo, por qué habían llegado al Clásico de Otoño. Milwaukee exhibió nuevamente su disciplina, profundidad y capacidad para encontrar respuestas en los momentos difíciles. Tampa Bay recuperó la combatividad, el orden y la ejecución que lo habían llevado a conquistar el campeonato de la Liga Americana. Y Kevin Cash, tan cuestionado durante los primeros encuentros, volvió a mostrarse como un mánager capaz de conducir a sus peloteros en las circunstancias más exigentes.

La diferencia con lo ocurrido apenas veinticuatro horas antes fue enorme. El lunes, Milwaukee había aplastado 10-1 a los Rays mediante una ofensiva que produjo ocho carreras en la quinta entrada. Fue una demostración formidable de los Brewers, aunque poco habitual para una Serie Mundial entre dos conjuntos de semejante categoría. El cuarto encuentro devolvió el protagonismo a la competencia cerrada, a las decisiones estratégicas, al pitcheo de resistencia y a la tensión de un resultado que nadie podía anticipar.

Tampa Bay tomó la iniciativa en la segunda entrada con un doblete productor de Chandler Simpson que permitió anotar a Jonny DeLuca. Milwaukee empató en la cuarta mediante un doblete de Cooper Pratt que impulsó a Sal Frelick, pero los Rays recuperaron la ventaja en el cierre de ese episodio, cuando DeLuca produjo la segunda anotación de su equipo en una jugada de selección. David Hamilton volvió a emparejar el marcador con un cuadrangular solitario en la quinta. El 2-2 quedó instalado en la pizarra y comenzó entonces una larga batalla en la que cada oportunidad desperdiciada podía convertirse en motivo de arrepentimiento.

Los lanzadores y las defensivas sostuvieron el empate durante el resto de las entradas reglamentarias. Llegó la décima sin que nadie pudiera romperlo. Después la undécima, con la misma incertidumbre. Las bancas debían administrar sus recursos, los bateadores enfrentaban turnos de enorme responsabilidad y cada lanzamiento provocaba una nueva descarga de tensión entre los aficionados.

La duodécima parecía traer finalmente la respuesta. Cooper Pratt conectó un cuadrangular frente a Ian Seymour y colocó a Milwaukee adelante 3-2. Para los Brewers, aquel batazo significaba mucho más que una carrera: los dejaba a tres outs de conquistar el primer título de Serie Mundial de la franquicia. Para Tampa Bay, representaba la obligación de producir inmediatamente o despedirse de la temporada.

La reacción comenzó con un episodio desafortunado para Milwaukee. Junior Caminero abrió la parte baja de la duodécima embasándose por un error de tiro del tercera base Joey Ortiz. Era la oportunidad que Tampa Bay necesitaba, pero todavía faltaba aprovecharla. Liam Hicks conectó sencillo al jardín izquierdo y colocó corredores en las esquinas. Entonces Kevin Cash movió sus piezas: Cedric Mullins entró como corredor emergente por Caminero y la ofensiva de los Rays comenzó a ejecutar con una precisión admirable.

Jonny DeLuca respondió con sencillo al jardín central y Mullins cruzó el plato con la carrera del empate. Milwaukee acababa de perder la ventaja que lo separaba de la corona y Tampa Bay, que unos minutos antes parecía condenado, tenía nuevamente la posibilidad de ganar. Nick Fortes ingresó a correr por Hicks y Chandler Simpson mantuvo el ataque con otro sencillo al central, llenando las bases y aumentando la presión sobre el pitcheo de los Brewers. Ben Williamson completó la hazaña con el cuarto sencillo consecutivo, un rodado de imparable al jardín derecho que llevó a Fortes al plato. ¡Dos carreras, ningún out y una victoria espectacular de Tampa Bay por 4-3!

La secuencia explica mejor que cualquier discurso el mérito de los Rays. El error de Ortiz abrió la puerta, pero fueron los bateadores de Tampa Bay quienes la derribaron. No hubo un cuadrangular milagroso ni una anotación regalada: hubo cuatro imparables consecutivos, corredores emergentes, presión sobre la defensa y una sucesión de turnos ejecutados con la inteligencia que exige el beisbol de alta competencia. Cash supo mover su banca y sus peloteros respondieron cuando la eliminación estaba a tres outs.

El reconocimiento al mánager de los Rays debe ser tan claro como lo fueron las críticas anteriores. Cash había tomado decisiones discutibles de alineación y manejo de su pitcheo durante los primeros encuentros. Pero esta vez encontró respuestas, administró adecuadamente los momentos decisivos y consiguió que sus peloteros recuperaran la confianza y la agresividad que parecían extraviadas. Reconocerlo no significa olvidar los errores anteriores, sino evaluar con justicia una actuación que devolvió a Tampa Bay su condición de adversario peligroso.

También sería injusto presentar el desenlace como un fracaso general de Pat Murphy. Milwaukee había ganado los primeros tres partidos, dos de ellos por diferencias mínimas, y volvió a competir con enorme intensidad durante doce entradas. Cooper Pratt produjo tanto el primer empate como la carrera que parecía definitiva. Los Brewers hicieron muchas cosas bien y estuvieron cerca de completar una barrida histórica. Lo que ocurrió fue que enfrente encontraron finalmente a un rival capaz de responderles con la misma calidad competitiva.

Murphy conserva el reconocimiento que merece por haber construido un conjunto equilibrado, con jugadores que comprenden sus responsabilidades y una plantilla suficientemente profunda para enfrentar distintos escenarios. Jackson Chourio ha sido una de las grandes figuras ofensivas de esta postemporada; Christian Yelich aporta experiencia y jerarquía; William Contreras representa solidez detrás del plato y con el bate, mientras Brice Turang, Sal Frelick y el propio Pratt ofrecen juventud, dinamismo y capacidad para producir en circunstancias exigentes.

El pitcheo también ha sido una de las grandes fortalezas de Milwaukee. Robert Gasser había dominado el tercer encuentro con seis entradas sin permitir carreras y solamente un imparable admitido. La disponibilidad de relevistas de diferentes características permite a Murphy plantear estrategias variadas, aunque el cuarto partido recordó que ningún bullpen es invulnerable cuando el adversario ejecuta con precisión.

Para Tampa Bay, la recuperación colectiva resulta particularmente significativa. Jonny DeLuca y Chandler Simpson participaron en la construcción de las primeras carreras y volvieron a ser decisivos en la duodécima, mientras Liam Hicks y Ben Williamson aportaron los batazos que sostuvieron y completaron la remontada. Los Rays volvieron a verse como un conjunto sólido, capaz de jugar al beisbol pequeño, sostener un duelo de pitcheo y competir hasta el último out.

La presencia mexicana agrega otro motivo de interés a esta Serie Mundial. Jonathan Aranda, nacido en Tijuana, llegó a la confrontación como una de las piezas ofensivas importantes de Tampa Bay y respondió con cuatro imparables en siete turnos durante los primeros dos encuentros. Por eso resultó discutible que Cash lo dejara fuera de la alineación inicial del tercero, privilegiando el enfrentamiento estadístico contra el zurdo Robert Gasser cuando el equipo necesitaba precisamente bateadores capaces de producir. Su regreso al orden ofensivo en el cuarto encuentro devolvió a los Rays una alternativa de contacto y poder que puede resultar fundamental para intentar prolongar la serie.

Del lado de Milwaukee, Joey Ortiz y JoJo Romero representan la presencia de peloteros con ascendencia mexicana. Ortiz aporta versatilidad defensiva al cuadro interior, pero esta vez quedó involucrado en la jugada que inició la remontada, con un tiro equivocado que permitió embasarse a Caminero. El error tuvo consecuencias enormes, aunque sería injusto cargarle toda la derrota: después vinieron cuatro imparables consecutivos que la defensiva y el pitcheo de Milwaukee no pudieron contener. Romero, relevista zurdo con raíces familiares vinculadas con Jalisco, forma parte de las alternativas del cuerpo de lanzadores y puede resultar importante en los encuentros que faltan.

Así, Aranda busca mantener con vida a Tampa Bay, mientras Ortiz y Romero están a una victoria de celebrar con Milwaukee. Para la afición mexicana, la confrontación ofrece además la oportunidad de seguir a peloteros que representan diferentes expresiones de nuestro vínculo con las Grandes Ligas: unos nacidos en México y otros descendientes de familias mexicanas que han mantenido esa conexión a través de generaciones.

La historia todavía favorece abrumadoramente a Milwaukee. Ningún equipo ha conseguido remontar una desventaja de tres victorias contra ninguna para conquistar una Serie Mundial. El antecedente inevitable es el de Boston en 2004, cuando los Red Sox levantaron un 0-3 frente a los Yankees en la Serie de Campeonato de la Liga Americana, antes de conquistar el título. Pero aquello ocurrió antes del Clásico de Otoño y no convierte automáticamente a Tampa Bay en candidato a repetir semejante hazaña.

Los Rays necesitan ganar otros tres encuentros consecutivos. Milwaukee solamente uno. Esa diferencia no puede minimizarse, pero tampoco autoriza a dar por concluida una confrontación que acaba de demostrar lo peligroso que resulta anticipar desenlaces.

La consecuencia inmediata del cuarto partido es que habrá un quinto. La más importante, sin embargo, es que Tampa Bay recuperó la convicción de poder competir de igual a igual. Después de tres derrotas, incluida una paliza que había dejado una impresión de superioridad casi absoluta de Milwaukee, los Rays volvieron a mostrar la calidad colectiva que los convirtió en campeones de su liga.

Los Brewers deberán superar la frustración de haber tenido la corona a solamente tres outs y recuperar la serenidad que los condujo hasta esta posición privilegiada. Su ventaja sigue siendo enorme y sus méritos permanecen intactos. Pero enfrente tendrán ahora a un adversario fortalecido por una victoria que puede cambiar el estado de ánimo de toda una serie.

Y no debe perderse de vista a los grandes protagonistas silenciosos de la noche: los aficionados. Quienes acudieron al estadio vivieron una montaña rusa de emociones, desde la esperanza de los seguidores de Tampa Bay hasta la expectativa de coronación de quienes viajaron para acompañar a Milwaukee. Los espectadores que seguían el encuentro por televisión y otros medios permanecieron pendientes de cada lanzamiento, incapaces de abandonar un juego cuyo desenlace podía cambiar en cualquier momento. Esa tensión compartida, esa imposibilidad de dar por terminado un partido antes del último out, constituye una de las razones fundamentales por las que el beisbol conserva su grandeza.

No hubo necesidad de una lluvia interminable de cuadrangulares ni de una ofensiva descomunal. Bastaron un empate prolongado, un batazo que parecía decidir el campeonato y una respuesta colectiva construida con inteligencia para producir un espectáculo extraordinario. Después de la paliza del tercer encuentro, la Serie Mundial recuperó su esencia: dos equipos de altísima competencia disputando cada centímetro del terreno y cada oportunidad de anotar.

Milwaukee merece todo el reconocimiento por su formidable campaña y por estar a una victoria de conquistar una corona histórica. Tampa Bay merece el mismo respeto por haberse negado a aceptar una eliminación que parecía inevitable y por recuperar, bajo la conducción de Kevin Cash, su identidad de equipo combativo, sólido y bien piloteado. Pat Murphy y sus Brewers siguen teniendo la ventaja; los Rays, en cambio, recuperaron algo que no aparece en las estadísticas: la convicción de que todavía pueden ganar.

A tres outs de la coronación, Milwaukee descubrió que la gloria no se entrega por anticipado. Tampa Bay demostró que un equipo puede estar contra las cuerdas y encontrar todavía la inteligencia, la disciplina y el carácter para levantarse. Ganaron los Rays, pero también ganó el espectáculo; ganaron quienes permanecieron en el estadio y frente a las pantallas hasta el último lanzamiento. Ganó, sobre todo, el Rey de los Deportes. La Serie Mundial está 3-1 y Milwaukee continúa a un triunfo del campeonato. Pero después de semejante juegazo, nadie debería atreverse a escribir el final antes de que caiga el último out.

X: @salvadorcosio1 | Correo: Opinión.salcosga23@gmail.com