Cada vez que surge un caso de dopaje en el deporte de alto rendimiento, el dedo acusador parece apuntar de manera casi automática al ciclismo. Como si el deporte del pedal y la fibra cargara, en solitario, con un pecado que atraviesa a prácticamente todas las disciplinas profesionales. La pregunta es inevitable y necesaria: ¿realmente el ciclismo es el deporte con más casos de dopaje o simplemente es el más visible?

Con el firme propósito de avanzar hacia un deporte libre de dopaje, la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) presentó su Reporte 2023, el cual se publica con dos años de diferencia debido a que debe cerrarse cada proceso, análisis y resolución de casos. Los datos son reveladores. En la lista de países con más resultados analíticos adversos, India encabezó la estadística con 222 casos positivos, seguida por Rusia con 209 e Italia con 109. Hasta este punto, el ciclismo ni siquiera aparece como protagonista central del problema.

Pero vayamos al terreno que suele generar mayor polémica: la distribución de casos por disciplinas deportivas. Contrario a la creencia popular, el ciclismo no es el deporte con más dopaje. El atletismo lidera la estadística con el 26% del total de positivos, seguido por el levantamiento de pesas con el 16%, y recién en tercer lugar aparece el ciclismo con un 12%. Los números, fríos y contundentes, desmienten el discurso simplista que insiste en colocar al ciclismo como el villano permanente del deporte.

Entonces, ¿por qué se sataniza al ciclismo? Tal vez porque es uno de los deportes más practicados y difundidos en el mundo. O porque sus grandes escaparates —el Tour de Francia, el Giro de Italia y la Vuelta a España— cuentan con una exposición mediática masiva, donde millones de aficionados siguen cada etapa, cada ataque y cada victoria. Donde hay reflectores, hay escrutinio; y donde hay escrutinio, el error se amplifica y se vuelve escándalo global.

A diferencia de otras disciplinas, el ciclismo ha decidido mirar de frente a su pasado. Ha reforzado controles, endurecido sanciones y apostado por la transparencia. Hoy es uno de los deportes con mayor número de pruebas dentro y fuera de competencia, con un sistema robusto de pasaporte biológico y con programas educativos permanentes. Paradójicamente, esa misma vigilancia constante es la que alimenta la percepción de que “siempre hay casos”, cuando en realidad lo que existe es un mayor nivel de detección y control.

El dopaje existe y evoluciona a una velocidad vertiginosa, muchas veces más rápido que la capacidad científica para detectarlo. Combatirlo no pasa únicamente por castigar, sino por educar, formar y generar una cultura deportiva basada en la ética, la salud y la responsabilidad del atleta. Señalar solo al ciclismo no soluciona el problema; entenderlo como un fenómeno global del deporte de alto rendimiento, sí.

En ese sentido, la educación antidopaje se ha convertido en un pilar fundamental. El Estándar Internacional para la educación reconoce que los atletas deben tener su primera experiencia con el antidopaje a través de la educación, y no del control, y que los contenidos deben adaptarse a las necesidades de cada público. Bajo estos principios, en 2023 la AMA lanzó dos nuevos cursos electrónicos en su plataforma de Educación y Aprendizaje Antidopaje (ADEL), reforzando la prevención como eje central de la lucha.

Satanizar al ciclismo es fácil. Analizar el problema con datos, contexto y autocrítica es lo verdaderamente necesario. Porque el dopaje no es un problema de un solo deporte, sino un desafío permanente de todo el alto rendimiento.