Hay jugadores que aprenden a dominar las reglas existentes y otros, excepcionalmente, obligan al reglamento a reconocer que la realidad deportiva ya rebasó sus moldes. Shohei Ohtani pertenece a esa segunda categoría. Su capacidad para actuar como pitcher de primer nivel y, al mismo tiempo, mantenerse como uno de los bateadores más determinantes del beisbol moderno no sólo modificó la manera de construir un roster, administrar una alineación o valorar a un pelotero: terminó provocando una reforma reglamentaria conocida, inevitablemente, como la Regla Ohtani.
La denominación no aparece así en el reglamento oficial ni concede nominalmente un privilegio exclusivo al japonés. Puede aplicarse a cualquier jugador que sea inscrito desde el inicio simultáneamente como pitcher abridor y bateador designado. Pero sería ingenuo negar su origen: la disposición fue creada porque apareció un talento extraordinario capaz de desempeñar dos funciones que durante décadas el béisbol profesional había separado casi por completo.
La pregunta de fondo resulta fascinante: ¿debe el deporte conservar sus estructuras tradicionales aun cuando éstas limiten a un jugador excepcional, o corresponde modificar el reglamento para permitir que su talento se manifieste plenamente?
Hasta 2021, cuando Ohtani abría un encuentro y bateaba por sí mismo, su equipo debía renunciar al bateador designado. En términos prácticos, el japonés aparecía en la alineación como pitcher. Cuando era retirado del montículo, también desaparecía su lugar ofensivo y tenía que ser sustituido por un emergente, salvo que permaneciera en otra posición defensiva. La norma respondía a una lógica histórica: el designado bateaba en lugar del lanzador; si el pitcher decidía ocupar su propio turno, el club ya no utilizaba designado.
Aquella estructura parecía razonable mientras se pensaba en lanzadores cuya intervención ofensiva era secundaria o incluso indeseable. Pero Ohtani transformó el problema. Retirarlo como pitcher después de cinco, seis o siete entradas no significaba únicamente cambiar de brazo: obligaba a perder también a uno de los mejores bateadores del lineup. El manager debía elegir entre proteger al lanzador, preservar su bate o realizar movimientos defensivos que podían debilitar innecesariamente al equipo.
No se trataba de conservar en el orden a un pitcher que ocasionalmente conectaba bien. Se trataba de evitar que una norma diseñada para separar dos funciones terminara castigando al único pelotero capaz de cumplir ambas al máximo nivel.
La solución llegó en 2022, cuando la implantación permanente del bateador designado en las dos ligas fue acompañada por una modificación a la Regla 5.11. Desde entonces, un club puede anotar al mismo jugador dos veces en la tarjeta inicial: como pitcher abridor y como bateador designado.
Reglamentariamente se le considera como dos personas distintas para esos efectos. Si es sustituido en el montículo, puede continuar bateando como designado; y si es reemplazado en su función ofensiva, puede permanecer lanzando, aunque ya no vuelva a batear. La doble inscripción sólo puede realizarse en la alineación inicial.
La norma parece sencilla, pero produjo un cambio profundo. El manager ya no necesita sacrificar una parte del jugador para administrar la otra. Puede retirar al abridor cuando su número de lanzamientos, la fatiga o la situación del encuentro lo indiquen, y conservar después su bat durante el resto del juego. Así, la decisión de sustituir al pitcher vuelve a responder principalmente a criterios de pitcheo, sin quedar condicionada por el temor a perder una pieza central de la ofensiva.
Eso es exactamente lo que una regla deportiva debería procurar: permitir que las decisiones se tomen conforme a la competencia y no obligar a desperdiciar talento por una limitación artificial.
Sin embargo, la reforma también generó críticas. Para algunos, la llamada Regla Ohtani representa un traje confeccionado a la medida de una superestrella. Aunque técnicamente puede aprovecharla cualquier pitcher que batee por sí mismo, en la práctica muy pocos jugadores poseen las cualidades para obtener una ventaja comparable. De ahí surge la acusación de que el reglamento fue modificado para beneficiar principalmente a un hombre y, por extensión, al equipo que lo tenga contratado.
La objeción merece atención, pero no necesariamente invalida la norma.
Muchas reglas surgen porque un fenómeno deportivo revela una deficiencia que antes permanecía oculta. El hecho de que sólo una persona exponga el problema no significa que éste no exista. Antes de Ohtani, casi ningún pitcher era al mismo tiempo un bateador suficientemente valioso como para que retirarlo del montículo significara una pérdida ofensiva grave. Por ello, la rigidez del sistema parecía irrelevante. Ohtani no recibió únicamente una concesión: mostró que la regulación tradicional no contemplaba adecuadamente la posibilidad de un verdadero jugador de dos vías.
El reglamento no debe diseñarse sólo para el deportista promedio. También tiene que responder ante aquello que el talento extraordinario vuelve posible.
El beisbol ha cambiado muchas veces cuando la evolución del juego reveló nuevas necesidades. El bateador designado apareció para separar la ofensiva del trabajo del pitcher. Las reglas sobre rosters, sustituciones, relevistas y jugadores de dos vías se han transformado conforme aumentaron la especialización y las exigencias físicas. La Regla Ohtani puede verse como otro paso de esa evolución: no destruye el bateador designado, sino que lo vuelve compatible con un jugador capaz de ser simultáneamente quien lanza y quien debe ocupar ese puesto ofensivo.
Además, la disposición no obliga a ningún club a utilizarla. El manager puede inscribir al abridor únicamente como pitcher y colocar a otro jugador como designado. Pero si desea que su lanzador batee y conserve su sitio ofensivo después de abandonar el montículo, debe anotarlo desde el inicio en las dos funciones. La planeación previa sigue siendo indispensable.
Este detalle quedó especialmente claro en 2026, cuando Ohtani realizó una apertura sin aparecer simultáneamente como bateador designado. Al haber sido inscrito sólo como pitcher, no podía trasladarse después al puesto de designado ni regresar más tarde como emergente; para continuar bateando habría necesitado ocupar otra posición defensiva, lo que habría provocado la pérdida del designado para su equipo.
La regla no convierte mágicamente a cualquier pitcher en bateador ni permite improvisar la doble función a mitad del encuentro. Exige que la intención quede establecida desde la tarjeta inicial. Ésa es una limitación razonable, porque preserva la claridad de las sustituciones y evita que el manager utilice la disposición como una puerta abierta para reorganizar indefinidamente su alineación.
También existe una diferencia fundamental entre comenzar como pitcher y designado, o iniciar únicamente como designado y entrar después como relevista. Cuando el jugador aparece desde el principio en las dos funciones, puede abandonar el montículo y seguir bateando. Pero si comenzó como designado y posteriormente es enviado a lanzar, el equipo puede perder el puesto de bateador designado cuando termine su actuación en el montículo; por eso, si se utiliza como relevista, la administración resulta mucho más compleja y en ciertas circunstancias tendría que finalizar el juego lanzando para conservar plenamente su presencia ofensiva.
Esta diferencia demuestra que la norma no eliminó la estrategia. La transformó.
Un manager que dispone de un jugador de dos vías debe decidir desde antes cómo desea utilizarlo. Puede abrir con él y conservar después su bat. Puede utilizarlo solamente como designado. Puede considerar su aparición como relevista, aunque entonces tendrá que evaluar cuidadosamente las consecuencias para el resto de la alineación. La versatilidad genera alternativas, pero también obliga a prever escenarios que ningún otro pelotero plantea.
Ohtani no ocupa simplemente dos posiciones. Multiplica las decisiones.
Su presencia permite ahorrar un sitio en determinadas configuraciones del roster, alterar la manera de distribuir pitchers y jugadores de posición, y conservar una ofensiva poderosa el día en que lanza. Pero también obliga a administrar recuperación física, calentamientos, turnos al bat, viajes, descansos y riesgos de lesión con una precisión especial. No puede pensarse en él únicamente como abridor ni exclusivamente como designado. Cada actividad afecta a la otra.

Ahí se encuentra la verdadera dimensión de su singularidad. Otros jugadores han pitchado ocasionalmente en juegos definidos; algunos pitchers fueron bateadores respetables antes de la universalización del designado, y la historia conserva figuras capaces de destacar en ambos ámbitos. Babe Ruth representa inevitablemente el gran antecedente. Pero el beisbol contemporáneo alcanzó tal grado de especialización que parecía imposible volver a ver a alguien competir de manera sostenida entre los mejores tanto en el montículo como en la caja.
Ohtani no rescató una rareza pintoresca. Demostró que todavía era posible dominar dos oficios que el deporte había decidido separar.
La llamada Regla Ohtani reconoce esa realidad. También puede fomentar que otras organizaciones permitan a jóvenes con capacidad para lanzar y batear continuar desarrollándose en ambas facetas. Durante décadas, muchos prospectos fueron obligados a elegir tempranamente. Si poseían un brazo sobresaliente, se les encaminaba hacia el montículo; si su bat parecía más prometedor, abandonaban el pitcheo. La especialización ofrecía una ruta más segura y comprensible.
Ahora existe un precedente distinto.
Eso no significa que vayan a surgir decenas de nuevos Ohtani. Su combinación de facultades, disciplina, preparación y resistencia continúa siendo excepcional. Pero la norma elimina una barrera para quien pueda intentarlo. Un sistema que antes obligaba casi inevitablemente a escoger una sola función ahora permite imaginar otra trayectoria.
El impacto puede comenzar desde las academias, universidades y ligas menores. Un joven que destaca como pitcher y bateador ya no tiene necesariamente que renunciar a una parte de su talento porque el beisbol profesional carecía de una manera práctica de utilizarlo. Las organizaciones pueden desarrollar programas específicos, administrar cargas y evaluar durante más tiempo cuál es su verdadero techo en cada faceta.
La regla no crea jugadores de dos vías; simplemente deja de castigarlos por existir.
También resulta importante diferenciar esta disposición de la designación oficial de “jugador de dos vías” dentro del roster. Las Grandes Ligas limitan la cantidad de pitchers que un club puede mantener en el roster activo y restringen las situaciones en las que un jugador de posición puede lanzar. Quien obtiene formalmente el estatus de jugador de dos vías puede actuar como pitcher sin contar de la misma manera contra ese límite, siempre que cumpla los requisitos reglamentarios de innings lanzados y encuentros iniciados como jugador de posición o designado.
Son asuntos relacionados, pero distintos. La Regla Ohtani regula cómo puede aparecer el mismo jugador como abridor y designado dentro de un juego. La designación de jugador de dos vías regula su clasificación y efectos dentro del roster. Ambas responden al mismo fenómeno: el reglamento tradicional estaba construido sobre la premisa de que un pelotero sería pitcher o jugador de posición, pero no verdaderamente las dos cosas.
La aparición de Ohtani obligó a revisar esa premisa.
Quienes critican la norma argumentan que su equipo obtiene prácticamente un jugador adicional: un pitcher de alto nivel sin renunciar a un bateador estelar, además de ciertas flexibilidades en el roster. Esa percepción alimentó una discusión pública en 2026, cuando voces dentro de las propias Grandes Ligas cuestionaron que una sola organización pudiera obtener una ventaja tan singular gracias a un jugador que recibe consideración reglamentaria especial.
Pero conviene separar la ventaja reglamentaria de la ventaja producida por el talento.
El equipo de Ohtani no obtiene beneficios porque el reglamento le regale un gran pitcher y un gran bateador. Los obtiene porque contrató a un hombre capaz de ser ambas cosas. La regla únicamente evita que, al retirar una de sus funciones, deba eliminarse artificialmente la otra.
Sería como obligar a un gran utility a abandonar el juego después de cambiar de posición, o impedir que un corredor veloz continúe en la alineación porque ingresó inicialmente como especialista. La virtud del jugador produce la ventaja; el reglamento permite utilizarla.
Por supuesto, toda regla debe vigilarse para impedir desequilibrios injustificados. Si la clasificación de jugador de dos vías facilitara simulaciones, manipulaciones del roster o ventajas que no correspondieran a una verdadera doble actividad, tendría que corregirse. Pero el caso genuino de un pelotero capaz de cumplir ambas funciones no debería ser limitado simplemente porque los demás no pueden imitarlo.
La igualdad deportiva no consiste en reducir al excepcional hasta hacerlo semejante al promedio.
Consiste en aplicar la misma regla a todos y permitir que cada cual obtenga de ella lo que sus capacidades le concedan. Cualquier organización puede desarrollar, contratar e inscribir a un jugador que sea simultáneamente abridor y designado. Que sólo una disponga hoy del mejor exponente no convierte automáticamente la norma en ilegítima.
También debe reconocerse que la Regla Ohtani beneficia al espectáculo. El público no acude para observar cómo una restricción administrativa retira del lineup a uno de los mejores bateadores sólo porque terminó su trabajo como pitcher. Acude para contemplar al máximo talento disponible.
El beisbol debe proteger su integridad competitiva, pero también comprender que sus grandes figuras impulsan el interés, atraen nuevas audiencias y amplían los límites de lo imaginable. Una norma que permite ver durante todo el encuentro a un jugador excepcional puede ser buena para su equipo, pero también para la liga y para la afición.
Eso no significa legislar siempre en favor de las estrellas.
El riesgo aparece cuando el reglamento se modifica para facilitar marcas, proteger contratos o conceder privilegios personales sin justificación deportiva. Pero éste no parece ser el caso. La reforma resolvió una contradicción auténtica: el bateador designado existía para evitar que el pitcher tuviera que batear, pero nada contemplaba adecuadamente al pitcher que no sólo podía hacerlo, sino que era precisamente el mejor candidato para ocupar el puesto de designado.
La regla anterior no defendía un principio esencial del juego. Simplemente no había sido diseñada para ese escenario.
La evolución reglamentaria es saludable cuando responde a una realidad nueva sin desnaturalizar la competencia. La Regla Ohtani no modifica la distancia entre las bases, la cantidad de outs, la zona de strike ni la esencia del duelo entre pitcher y bateador. Tampoco concede turnos adicionales ni permite que el jugador regrese después de ser sustituido. Únicamente separa jurídicamente sus dos funciones para que una pueda continuar cuando termina la otra.
En ese sentido, se trata de una reforma mucho menos radical de lo que su nombre sugiere.
La verdadera revolución no está en el reglamento, sino en el jugador que hizo necesaria la modificación.
Ohtani obligó al beisbol a reconsiderar categorías que parecían definitivas. Durante años se aceptó que la máxima especialización era inevitable: los pitchers lanzarían, los bateadores batearían y cada roster distribuiría sus funciones de manera estricta. Él demostró que un talento fuera de serie podía romper esa división sin reducir su excelencia en ninguna de las dos áreas.
Y cuando la realidad supera a la norma, el reglamento tiene dos opciones: defender una estructura envejecida o reconocer que el deporte ha avanzado.
También existe aquí una lección para las organizaciones. Contar con un talento extraordinario no basta; hay que saber crear las condiciones para que se desarrolle. Los Angelinos aceptaron originalmente el desafío de utilizarlo como jugador de dos vías cuando otras organizaciones podían haberle exigido elegir una sola función. Después, el reglamento y el resto del beisbol terminaron adaptándose a una posibilidad que durante mucho tiempo había parecido impracticable.
La innovación comienza muchas veces cuando alguien se atreve a no desperdiciar aquello que todavía no sabe clasificar.
La regla abre, además, nuevas posibilidades estratégicas. El día que el jugador lanza, el manager no necesita retirar un bat importante al acudir al bullpen. Puede administrar con normalidad el montículo y conservar intacta la parte ofensiva. También puede sustituir al designado y mantener al pitcher, aunque entonces el jugador deja de batear. Cada movimiento exige leer la doble inscripción como dos funciones distintas que coinciden en la misma persona.
Parece una sutileza legal, pero tiene enormes efectos deportivos.
El lineup mantiene continuidad; el bullpen puede entrar sin sacrificar producción ofensiva; el abridor no necesita prolongar artificialmente su salida para conservar turnos al bat; y el cuerpo técnico puede administrar su salud con mayor libertad. La regla reduce el conflicto entre cuidar al pitcher y aprovechar al bateador.
También permite que el jugador sea evaluado de manera más justa. Si su actuación en el montículo termina después de cinco entradas, eso no debería cancelar la posibilidad de que contribuya ofensivamente en la séptima o la novena. Son habilidades distintas, aunque pertenezcan al mismo hombre.
La lógica parece evidente una vez establecida. Lo extraordinario es que fue necesario un jugador extraordinario para hacerla visible.
La Regla Ohtani no garantiza que aparezca otro como él. Tampoco elimina las dificultades de formar a un pelotero de dos vías. El desgaste físico es enorme, la planificación mucho más compleja y el riesgo de lesión afecta simultáneamente dos zonas esenciales del equipo. Una organización puede perder en una sola contingencia a un abridor y a uno de sus principales bateadores.
La ventaja también concentra riesgos.
Mantener ambas funciones exige programas especiales de recuperación, comunicación permanente, flexibilidad en la rotación y capacidad para aceptar que el calendario del jugador quizá no sea idéntico al de sus compañeros. El talento rompe moldes, pero obliga a construir otros.
Por eso, convertir la norma en una invitación indiscriminada sería un error. No todo joven que lanza y batea debe mantenerse eternamente en las dos funciones. La decisión debe responder a su desarrollo, salud, rendimiento y verdadera posibilidad de competir en ambos ámbitos. La excepción no puede transformarse en moda artificial.
Ohtani no demuestra que todos deban hacerlo. Demuestra que nadie con capacidad suficiente debería quedar impedido de intentarlo por una regla incapaz de imaginarlo.
El beisbol se ha caracterizado por respetar profundamente su tradición, pero también ha sobrevivido porque sabe adaptarse. Cambió la altura del montículo, incorporó el bateador designado, modificó los playoffs, introdujo la revisión de video, limitó movimientos defensivos, creó el reloj de pitcheo y estableció normas para hacer más dinámico el espectáculo. Algunas reformas fueron bien recibidas; otras todavía generan resistencia.
La Regla Ohtani posee una singularidad: no surgió principalmente para resolver un problema de ritmo, duración o comercialización. Nació para permitir que un talento excepcional participara plenamente.
Eso le concede una naturaleza distinta.
No busca acelerar el juego ni reducir pausas. Busca evitar que una estructura reglamentaria obligue a elegir entre dos capacidades que pueden coexistir. Es una regla de inclusión deportiva: amplía lo que un jugador puede hacer sin reducir lo que los demás pueden intentar.
Quizá el mejor reglamento no sea el que obliga a todos a caber en categorías rígidas, sino el que protege la competencia y, al mismo tiempo, conserva suficiente flexibilidad para recibir lo extraordinario.
Shohei Ohtani ya transformó la manera de observar el beisbol. Cada una de sus aperturas puede ser también una jornada ofensiva; cada decisión sobre el montículo afecta al lineup; cada recuperación física involucra dos responsabilidades. Su sola existencia obliga a discutir estrategia, valor, roster, descanso y límites humanos de una manera distinta.
La regla lleva informalmente su apellido porque no nació de una teoría, sino de una realidad concreta.
Primero apareció el jugador. Después, el béisbol tuvo que encontrar la manera de comprenderlo.
Ése es probablemente el mayor reconocimiento que puede recibir un atleta: no que las reglas se quebranten para favorecerlo, sino que su capacidad revele que una norma ya no representa correctamente lo que el deporte puede llegar a ser.
La Regla Ohtani no convierte a su protagonista en un jugador excepcional; fue su excepcionalidad la que obligó a crearla. No le regaló la posibilidad de lanzar y batear: únicamente dejó de castigarlo por hacer ambas cosas mejor de lo que el reglamento había imaginado.
El beisbol debe cuidar que ninguna figura quede por encima de sus normas, pero tampoco debería permitir que una norma envejecida se coloque por encima del talento. Porque cuando aparece un pelotero capaz de ensanchar los límites del juego, la tradición no se traiciona al adaptarse: se honra, se renueva y se prepara para aquello que todavía no conocemos. Ohtani no recibió una excepción para ser grande; fue tan grande que hizo visible la necesidad de cambiar. Y cuando un solo jugador obliga a todo un deporte a reescribir la manera de utilizarlo, ya no estamos únicamente frente a una estrella: estamos frente a alguien que amplió las posibilidades mismas del beisbol.
















