Fernando Valenzuela ocupa un lugar irrepetible en la historia del deporte mexicano. La Fernandomanía trascendió el beisbol, las fronteras y las generaciones. Su legado está asegurado. Habrá libros, documentales, homenajes, investigaciones y miles de aficionados que seguirán transmitiendo su historia durante muchos años más. Fernando pertenece ya a ese reducido grupo de personajes que lograron trascender el terreno de juego para convertirse en símbolos culturales. Pero quizá el verdadero riesgo para el beisbol mexicano no sea olvidar a Fernando. Quizá el verdadero peligro sea olvidar a muchos otros.
Porque la historia del beisbol mexicano está llena de protagonistas que ayudaron a construir el prestigio del juego y que, sin embargo, poco a poco parecen diluirse en la memoria colectiva. ¿Cuántos jóvenes aficionados conocen realmente la dimensión histórica de Baldomero “Melo” Almada, el primer mexicano en llegar a las Grandes Ligas? ¿Cuántos saben que Beto Ávila fue campeón de bateo de la Liga Americana? ¿Cuántos recuerdan las hazañas de Aurelio Rodríguez, Jorge “Charolito” Orta, Salomé Barojas, Vicente Romo, Enrique Romo o Teodoro Higuera? Y no se trata solamente de los nombres más antiguos. Con el paso del tiempo también podrían desvanecerse los recuerdos de Vinicio Castilla, Esteban Loaiza, Joakim Soria, Adrián González o Sergio Romo, figuras que en distintos momentos colocaron al beisbol mexicano en los más altos escenarios internacionales. La pregunta es inevitable: ¿quién contará esas historias?
Durante décadas muchos medios tradicionales decidieron mirar al beisbol como un deporte secundario frente al futbol. Mientras páginas, micrófonos y cámaras se concentraban casi exclusivamente en el balompié, innumerables historias beisboleras quedaron insuficientemente documentadas. Muchos de los grandes momentos del beisbol mexicano fueron narrados por un puñado de cronistas apasionados y por medios especializados que sobrevivían más por convicción que por rentabilidad. Sin embargo, algo comenzó a cambiar. Mientras algunos medios continuaban considerando al beisbol un espectáculo de segundo nivel, miles de aficionados empezaron a consumir contenidos especializados, transmisiones por streaming, podcasts, estadísticas avanzadas, canales de análisis y plataformas digitales dedicadas exclusivamente al rey de los deportes. El público cambió. El beisbol cambió. Las formas de consumir información deportiva también cambiaron. No todos los medios lo entendieron. Pero muchos otros sí. Y gracias a ellos hoy existe una oportunidad extraordinaria para preservar mejor la memoria del beisbol mexicano.
Porque los deportes no sobreviven únicamente gracias a las estadísticas. Sobreviven gracias a las historias. Sobreviven gracias a la memoria. Sobreviven porque alguien se toma el trabajo de contar lo ocurrido y transmitirlo a las siguientes generaciones. Y esa reflexión también debería alcanzar a los protagonistas actuales. ¿Quién contará dentro de veinte o treinta años lo que significó Isaac Paredes para una nueva generación de peloteros mexicanos? ¿Quién explicará la evolución de Andrés Muñoz hasta convertirse en uno de los relevistas más dominantes de las Grandes Ligas? ¿Quién preservará la memoria de las actuaciones de Javier Assad enfrentando a algunas de las ofensivas más poderosas del planeta? ¿Quién narrará la consolidación de Jonathan Aranda, la inteligencia deportiva de Alejandro Kirk, el ascenso de Marcelo Mayer, la proyección de Brandon Valenzuela o el impacto que Randy Arozarena tuvo en la identificación de millones de aficionados mexicanos con la selección nacional? Porque si hoy parecen nombres familiares es precisamente porque estamos viviendo su tiempo. Pero la memoria es caprichosa y suele ser mucho más breve de lo que imaginamos.
Incluso las trayectorias más complejas forman parte de la historia. Roberto Osuna fue uno de los cerradores mexicanos más exitosos de todos los tiempos. Julio Urías alcanzó niveles que muy pocos lanzadores nacidos en México lograron alcanzar. Sus carreras quedaron marcadas por circunstancias extradeportivas que modificaron profundamente la percepción pública sobre ellos. Pero los hechos deportivos siguen formando parte de la historia del bwisbol mexicano. La memoria no existe para absolver ni para condenar. Existe para registrar, comprender y preservar.
Y en esa tarea de preservar la memoria también vale la pena abrir otra discusión. Quizá ha llegado el momento de revisar permanentemente los criterios, alcances y mecanismos mediante los cuales el Salón de la Fama del Beisbol Mexicano identifica, documenta y reconoce a quienes han contribuido al crecimiento del juego. No se trata de cuestionar méritos ya otorgados ni de disminuir el enorme valor de quienes forman parte de ese recinto. Se trata de preguntarnos si el beisbol contemporáneo está documentando y reconociendo oportunamente a todos aquellos que han dejado huella dentro y fuera del terreno de juego. Porque la historia del béisbol mexicano no ha sido construida únicamente por peloteros. También la edificaron directivos, promotores, empresarios, cronistas, buscadores de talento, patrocinadores, dirigentes de ligas, académicos, benefactores y miles de aficionados cuya influencia resulta imposible ignorar. Si aspiramos a conservar nuestra memoria deportiva, también debemos procurar que los mecanismos encargados de honrarla evolucionen junto con el propio béisbol.
Ahí aparece una responsabilidad compartida de los medios, de los cronistas, de las organizaciones, de las ligas, de las academias, de los clubes, de los aficionados y del propio béisbol mexicano. Porque ningún deporte puede aspirar a un gran futuro si pierde la memoria de quienes construyeron su pasado. Los récords terminan cayendo, las marcas eventualmente son superadas y los campeonatos dejan paso a otros campeonatos. Las historias, en cambio, son las que mantienen viva la identidad de un deporte.
Fernando Valenzuela será recordado. Pero el verdadero desafío consiste en garantizar que las futuras generaciones también conozcan a Melo Almada, Beto Ávila, Aurelio Rodríguez, Jorge Orta, Salomé Barojas, Vicente y Enrique Romo, Teodoro Higuera, Vinicio Castilla, Adrián González, Sergio Romo y tantos otros protagonistas de nuestra historia. Y quizá también a quienes desde los despachos, las academias, los medios, las empresas y las tribunas ayudaron a construir el béisbol mexicano. Porque la memoria de un deporte no se conserva sola. Hay que cuidarla, documentarla, difundirla, honrarla y transmitirla. Porque si nosotros no contamos nuestras historias, nadie lo hará por nosotros. Y si dejamos de contarlas, tarde o temprano terminarán desapareciendo.
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