Multaron a Efraín Juárez, entrenador de los Pumas, por un exabrupto que, más que exceso, fue desahogo. Después de empatarle a Cruz Azul con un hombre menos, viniendo de atrás, en una noche donde se jugaba algo más que tres puntos, el orgullo, la localía simbólica en Ciudad Universitaria, Efraín gritó lo que cualquier vestidor sabe. En su equipo sobraban huevos.
Y sí, sobraron.
Porque no es menor empatarle así al equipo que hoy probablemente mejor juega al futbol en México. Porque no es menor levantarse dos goles abajo y sostener el resultado con uno menos. Porque no es menor, en ese contexto, dejar claro quién manda en CU. Algo que debía dejar claro a la hinchada cruzazulina, que en su imaginario colectivo pensaban que al respecto había duda.
Lo lamentable no es el grito. Lo lamentable es la falsedad.
El futbol, en manos de los de pantalón largo, ha terminado por parecerse demasiado a la política. Demagógico, complaciente, profundamente hipócrita. Ahí está Gianni Infantino, presidente de la FIFA, entregando reconocimientos inventados, aplaudiendo tiranos, jugando a la diplomacia barata mientras el mundo se incendia.
Se premia la simulación. Se castiga la autenticidad.
Se escandalizan por una palabra de cancha, pero guardan silencio ante decisiones que sí afectan al futbol de verdad. El graderío ruge y canta huevos. Es el idioma de la pelota. No nos hagamos.
Cuando Rusia invadió Ucrania, los deportistas pagaron las consecuencias. No pudieron competir con su bandera, fueron sancionados colectivamente por decisiones de Estado, del Kremlin. Hoy, otras potencias hacen lo propio y no pasa nada. Silencio. Omisión. Conveniencia.
Pero eso sí. Si la tribuna grita, si un técnico se desborda, si aparece una palabra incómoda, entonces cae todo el peso de la moralina.
El famoso grito que tanto les incomoda, ese que incluso Molotov explicó hace años, no tiene la carga que le quieren imponer desde escritorios en Suiza. Es folclor. Es lenguaje. Es cancha. Es México.
Puto, señor Infantino, en las gradas no significa homosexual. Puto es el que lo lea.
Lo mismo pasa con huevos.
No es un tratado de género. No es una consigna ideológica. Es una expresión de carácter, de coraje, de determinación. Es fútbol.
Pero vivimos tiempos donde el lenguaje incomoda más que la corrupción.
Donde es más fácil sancionar un grito que investigar la multipropiedad. Donde es más rentable hablar de inclusión que desentrañar cómo operan los grupos que controlan el fútbol mexicano. Donde nadie quiere explicar las estructuras que permiten ciertos poderes en la liga.
Recientemente se robaron un bicampeonato. Un equipo de la multipropiedad. Silencio. Eso no indigna. Indigna Efraín. Indigna que un técnico celebre con pasión. Indigna que diga lo que siente. Indigna que no esté domesticado.
A los Pumas les sobraron huevos. A Efraín le sobran huevos. Y eso, en un país donde lo que verdaderamente sobra es la corrupción, la mezquindad y la simulación, debería celebrarse, no castigarse.
Porque el problema del futbol mexicano no es el lenguaje de la tribuna. El problema es la podredumbre de sus cúpulas.
Y mientras sigamos volteando a ver al que grita en lugar del que roba, seguiremos siendo lo mismo. Un país con talento, con pasión y con resultados mediocres. Porque hay millones de mexicanos que les sobran huevos. Sin embargo, nuestra selección, a menos de 100 días del mundial, lo que le sobra es patetismo.
¿Por qué? Por las cosas que verdaderamente deberían estar sancionando y condenando los opinadores de futbol. No por los gestos.
















