Hay carreras importantes en el calendario. Y luego está la Milán–San Remo.

La “Classicissima”. La más larga. La más traicionera. La que no siempre gana el más fuerte, sino el más inteligente… o el más valiente en el momento exacto.

La edición 117 arranca desde Pavia con sus tradicionales 298 kilómetros, una distancia que no sólo se recorre: se sobrevive. Durante más de seis horas, el pelotón se va deshilachando lentamente hasta llegar al verdadero juicio final: la Cipressa (km 276.3) y el Poggio di Sanremo (km 292.4). Ahí no gana el que mejor piernas trae al inicio, sino el que logra conservar una chispa cuando todo el cuerpo pide tregua.

En ese escenario aparece el mexicano Isaac del Toro, el “Torito”, no como protagonista principal… al menos en el papel. Su misión es clara: trabajar para su líder, Tadej Pogacar, quien persigue uno de los pocos monumentos que aún le faltan para completar un palmarés histórico.

Pero el ciclismo —y especialmente San Remo— rara vez respeta los guiones.

Del Toro llega con una condición excepcional tras conquistar la Tirreno–Adriático. Y cuando un corredor está en ese punto, deja de ser gregario en potencia y se convierte en factor de carrera. En amenaza. En posibilidad.

Enfrente estará el hombre que ha hecho de las clásicas su territorio natural: Mathieu van der Poel. Ganador en 2023 y 2025, dominador absoluto en esfuerzos explosivos y heredero de una dinastía que respira ciclismo. Si la carrera llega compacta al Poggio, su nombre es el primero que aparece en la quiniela.

La pregunta no es menor: ¿puede el “Torito” inclinar la balanza a favor de Pogačar… o incluso cambiar su propio destino dentro de la carrera?

Porque San Remo tiene esa magia. No siempre premia al favorito. Premia al que se atreve.

Serán 298 kilómetros de desgaste, cálculo y tensión acumulada. Pero también de intuición. De ese instante casi invisible en el que alguien decide arrancar… y el resto duda.

Y si ese momento llega, si la carrera se rompe cuando nadie lo espera, no sería descabellado imaginar al mexicano lanzando ese esfuerzo que no se entrena, que no se planifica… que simplemente nace.

Porque hay días en los que el ciclismo se vuelve poesía.

Y si la luna se asoma sobre la Riviera, si el viento guarda silencio y las piernas responden cuando ya no deberían… entonces el Torito de Ensenada podría dejar de ser gregario por un instante y convertirse en historia.

No hay duda: estamos por presenciar una de esas ediciones que no se olvidan.

Tadej Pogacar e Isaac del Toro