Hay un momento en la carrera de todo gran deportista que probablemente resulta más difícil que llegar a la cima, mantenerse ahí durante años o regresar después de una lesión: saber cuándo empieza el final y, sobre todo, decidir cómo quiere recorrerlo. El talento permite llegar, la disciplina ayuda a permanecer, pero para marcharse hace falta otra virtud que no siempre acompaña a la grandeza: aceptar que el tiempo también juega y que llega un momento en que ya no se trata solamente de competir, sino de administrar el legado.

En el beisbol acabamos de ver varias versiones de esa historia. Justin Verlander encontró una despedida que terminó siendo prácticamente perfecta. Clayton Kershaw entendió que había llegado su momento. Max Scherzer, en cambio, todavía parece convencido de que le queda algo por ofrecer y su última salida le dio argumentos para pensarlo. Ninguno está obligado a seguir el mismo libreto porque no existe una fórmula única para retirarse. Lo que sí parece existir es una diferencia enorme entre prolongar una carrera porque todavía puedes competir y prolongarla únicamente porque resulta demasiado difícil aceptar que ya no eres exactamente quien fuiste.

Verlander nos dejó quizá la imagen más clara. Todavía tenía recta, todavía podía competir, todavía podía subir a una loma de Grandes Ligas sin convertirse en una caricatura de sí mismo y precisamente por eso su despedida tuvo tanta fuerza. No esperó a que el juego lo expulsara, no necesitó arrastrarse buscando un contrato más y eligió marcharse mientras todavía podía reconocerse en el pitcher que había sido durante más de dos décadas. Por eso aquella última salida en Detroit conmovió incluso a personas que no eran aficionados al beisbol, que no seguían a Tigers y que tampoco se consideraban particularmente admiradoras de Verlander. Genevieve corriendo desde el dugout para abrazarlo, la emoción que no pudo contener, el camino de regreso tomado de la mano de su hija y sus palabras posteriores sobre todo el tiempo que el beisbol le había quitado a la convivencia familiar terminaron mostrando al hombre detrás del deportista. De pronto dejaron de importar los Cy Young, los miles de ponches, las victorias y los anillos. Y quizá ahí esté una de las claves de una gran despedida: el último partido no necesita demostrar todo lo que fuiste, porque eso ya quedó escrito durante veinte años; necesita cerrar la historia.

Kershaw encontró otra manera. Después de una carrera extraordinaria y de un cuerpo que durante años le fue cobrando el precio de cada entrada lanzada, entendió que el tiempo había llegado. También pudo elegir, y no todos tienen esa fortuna. Hay jugadores a quienes una lesión les pone punto final antes de que puedan despedirse, otros descubren durante una primavera que ya nadie ofrece contrato y algunos pasan meses esperando una llamada que nunca llega. Elegir el momento constituye también un privilegio que debe saber utilizarse.

Scherzer representa exactamente el otro extremo y por eso su caso resulta igualmente fascinante. A los 42 años, en una salida que podía perfectamente haber sido la última de su carrera, lanzó más de siete entradas, permitió una sola carrera, ponchó a siete, superó los cien lanzamientos y, cuando fueron a quitarle la pelota, discutió para quedarse. No era un hombre pidiendo una despedida. Era un pitcher queriendo sacar otro out. Mi impresión sigue siendo que Scherzer todavía lanzará en 2027 si el cuerpo se lo permite y aparece una oportunidad razonable, y si lo hace no significará que no supo irse. Al contrario. Saber irse no equivale necesariamente a retirarse temprano; significa reconocer con honestidad dónde estás. Si todavía puedes competir a ese nivel, si todavía existe un equipo que te quiere y si todavía disfrutas prepararte para lanzar cada cinco días, quizá todavía no sea el momento.

La diferencia es muy fina: uno puede permanecer porque todavía pertenece, o puede permanecer porque no sabe abandonar. Y ahí aparece Cristiano Ronaldo.

El futbol vive ahora su propia versión de esta historia con uno de los deportistas más extraordinarios de todos los tiempos. Cristiano tiene 41 años, continúa jugando, sigue haciendo goles y conserva una meta que resulta completamente comprensible para alguien cuya carrera ha estado construida alrededor de objetivos casi imposibles: alcanzar los mil goles. ¿Por qué no intentarlo? Si físicamente todavía puede competir con Al-Nassr, si sigue disfrutándolo y si le faltan alrededor de veinte goles para alcanzar una cifra que probablemente nadie imaginó alguna vez como objetivo realista, buscarla me parece perfectamente legítimo. El problema no está ahí. El problema empieza cuando el Cristiano actual pretende relacionarse con el futbol exactamente como lo hacía el Cristiano de 28 años, porque ése ya no existe. No es una ofensa, no es una disminución de su grandeza, es tiempo. Y contra eso nadie gana.

Cristiano construyó una carrera extraordinaria precisamente porque comprendió antes que casi cualquiera la necesidad de administrar su cuerpo. Cambió su manera de jugar, transformó movimientos, modificó su posición, dejó de ser aquel extremo explosivo que recorría cuarenta metros con la pelota para convertirse en un finalizador extraordinario. Pocos deportistas han envejecido físicamente con semejante inteligencia. Ahora necesita hacer lo mismo emocionalmente. Tiene que aprender a administrar también su importancia.

Y ahí aparece la tensión con Portugal. Nadie puede negar lo que Cristiano significa para su selección. No estamos hablando simplemente de un gran goleador portugués. Estamos hablando probablemente del mayor símbolo deportivo internacional que ha producido Portugal, de un hombre que durante más de veinte años convirtió la camiseta nacional en parte central de su identidad y que llevó a esa selección a territorios que antes parecían mucho más lejanos. Pero ninguna historia, por gigantesca que sea, concede titularidad vitalicia. El entrenador tiene derecho a sentarlo, tiene derecho a cambiarlo, tiene derecho a decidir que otro futbolista encaja mejor en determinado partido y Portugal tiene incluso la obligación de preparar un equipo que pueda existir sin Cristiano Ronaldo, porque algún día tendrá que hacerlo.

La cuestión no es ésa. La cuestión es cómo. Porque una cosa es administrar los minutos de una leyenda y otra muy distinta convertir esa transición en una pelea pública de autoridad. Una cosa es decirle que ya no jugará noventa minutos y otra hacerlo sentir innecesariamente desplazado. Una cosa es pedirle que caliente porque realmente puede entrar y otra mantenerlo durante un periodo prolongado preparándose para después no utilizarlo. Y Cristiano también tiene una responsabilidad enorme: no puede reaccionar a cada suplencia como si fuera una afrenta personal, no puede exigir que la selección siga organizándose alrededor de su pasado y no puede convertir cada decisión técnica en un plebiscito sobre su grandeza, porque esa grandeza ya no necesita plebiscitos. Está asegurada.

Ahí es donde me parece que Cristiano puede estar equivocando la ruta de salida. No porque deba retirarse mañana, no porque ya no pueda jugar y no porque deba renunciar a los mil goles, sino porque el último tramo de una carrera tan extraordinaria debería administrarse con una visión diferente: quizá jugar menos, quizá seleccionar mejor los momentos, quizá comprender que entrar treinta minutos no disminuye nada de lo que hizo durante veinte años, quizá aceptar que alguna noche no entrará y quizá empezar a construir conscientemente la transición de ser el centro absoluto a convertirse en una presencia simbólica, competitiva y todavía útil. Eso también es grandeza. A veces incluso es una forma superior de grandeza, porque resulta relativamente sencillo aceptar que mandas cuando eres el mejor jugador del equipo; lo verdaderamente difícil es seguir siendo importante cuando ya no necesitas mandar.

Pelé terminó siendo algo mucho más grande que el último partido que jugó. Su figura dejó de pertenecer únicamente a Santos, Cosmos o Brasil y se convirtió en una referencia universal del futbol. Cristiano tiene la posibilidad de construir algo parecido en otra época y bajo circunstancias distintas. No necesita convertirse en una estatua. Puede seguir jugando, puede perseguir los mil, puede seguir marcando goles e incluso puede continuar aportando a Portugal, pero debería empezar a pensar en el día después. ¿Qué quiere ser Cristiano Ronaldo cuando ya no sea futbolista? Ésa empieza a ser una pregunta tan importante como cuántos goles le faltan.

Los grandes del beisbol también la enfrentan. Derek Jeter supo construir una despedida alrededor de la identidad que había creado durante toda su carrera con Yankees. Mariano Rivera tuvo un último año convertido prácticamente en homenaje nacional porque todos sabían que era el final y él también. Albert Pujols regresó a St. Louis, alcanzó los 700 jonrones y cerró una carrera gigantesca en el lugar donde había comenzado su leyenda. No todos consiguieron hacerlo así. Willie Mays terminó ya muy disminuido físicamente con Mets. Ken Griffey Jr. prolongó demasiado una etapa final en la que la imagen empezaba a alejarse del jugador extraordinario que había sido. Otros simplemente desaparecieron porque el deporte decidió antes que ellos. Por eso resulta tan valioso cuando alguien consigue controlar el último capítulo.

La grandeza deportiva no consiste únicamente en acumular récords. También consiste en saber proteger el recuerdo. Cristiano no necesita demostrar que fue mejor que nadie. Esa discusión pertenece ya a la historia. Habrá quienes coloquen a Pelé por encima de todos, otros elegirán a Messi, otros defenderán a Cristiano y otros seguirán poniendo a Maradona en esa conversación. Nunca existirá una respuesta matemática capaz de convencer a todos porque cada uno jugó en épocas diferentes, bajo circunstancias diferentes y dentro de juegos que también fueron cambiando. Pero Cristiano ya pertenece a ese grupo y eso es precisamente lo que debería darle tranquilidad.

Llegar a los mil goles puede ser un objetivo maravilloso, pero no puede convertirse en una obsesión capaz de deteriorar la última etapa. Seguir con Portugal puede ser hermoso, pero no puede transformarse en una batalla permanente para demostrar quién manda. Jugar hasta los 42 o 43 años puede ser extraordinario, pero no tendría sentido hacerlo únicamente para retrasar algo inevitable. Verlander decidió cuándo entregar la pelota. Kershaw entendió cuándo había llegado el momento. Scherzer todavía la aprieta porque siente que puede sacar más outs. Cristiano no tiene que entregar todavía la suya, pero debería empezar a decidir cómo quiere hacerlo.

Porque todos los grandes deportistas terminan enfrentándose al mismo rival. No es otro pitcher, no es otro delantero y no es un entrenador. Es el tiempo. Y contra el tiempo nadie gana. La verdadera grandeza consiste en saber cuándo dejar de pelear contra él y empezar a caminar a su lado. Eso también forma parte del legado.

Quizá la última gran victoria de Cristiano Ronaldo no sea el gol número mil. Quizá sea conseguir que, cuando finalmente llegue el último partido, el futbol lo despida como él merece y él se despida del fútbol de la misma manera: de pie, sin necesidad de demostrar nada y sabiendo que la historia ya estaba escrita mucho antes de que llegara el último silbatazo.

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