El Capi Villegas sabe lo que es salir de una visoría con otro «no». Estar lejos de casa y preguntarse, en lo más profundo de la soledad, si llegó la hora de dejar el futbol. También sabe hacer maletas y volver a intentarlo. Es tan futbolista como trotamundos. Su destino más reciente: Mongolia.
Hasta allá anda Manuel Antonio Villegas Robles, de 23 años, soñando el Sueño del Pibe, como cuenta ese tango escrito por Reinaldo Yiso y que Juan Puey le pusiera música.
Es el sueño de ser profesional, brillar en Primera y luego, por qué no, vestir la camiseta de México. Por ahora juega con el FC Ulán Bator y, en entrevista con Quinto Partido, cuenta el camino que lo llevó de las pruebas fallidas en fuerzas básicas a buscarse un lugar en Asia.
Siete puertas cerradas y una familia que hizo las maletas
Chilango de nacimiento y criado en León desde los seis años, el Capi se probó en “media” Liga MX. A saber: Querétaro, León, Toluca, San Luis, Necaxa, Morelia y Chivas. En ninguno encontró lugar. Con los Rayos llegó al último filtro pero tampoco alcanzó.
«Si no me quedé, fue porque algo me faltó a mí», reconoce. Habla de aspectos técnicos y tácticos que en ese momento no estaban tan desarrollados. Acá se requiere una pausa para advertir que el Capi es un espécimen raro. Domina la pelota, pero también la palabra.
La oportunidad apareció en la academia del Houston Dynamo. Todavía adolescente, pasó dos semanas a prueba y recibió el sí. Sus padres se mudaron con él: la apuesta por el futbol se volvió un proyecto familiar.
A los 17 años llegó a España, donde entrenó con un grupo de extranjeros del Getafe. Después vendrían las categorías inferiores y las dudas sobre cuánto más podría aguantar.
La temporada en la que estuvo cerca de colgar los botines
Etapas sin cobrar, sin minutos y con la familia lejos se instalaron rápidamente. El Capi recuerda la frustración de entrenar y sentir que su carrera seguía atorada.
«Picaba piedra, picaba piedra y las cosas no salían». Se puso un ultimátum: si aquella temporada no jugaba y las cosas no mejoraban, dejaría el futbol. Con el CD Tedeón encontró continuidad y recuperó motivos para seguir. Sus padres también fueron fundamentales para sostenerlo.
La aventura volvió a los orígenes: continuó en México, con Racing de Veracruz y Deportiva Venados, en la Liga Premier. Después regresó a España y disputó con Arenas de Armilla una final por el ascenso a Segunda RFEF. Perdieron, pero él ya buscaba otro paso: jugar en una primera división.
Mongolia, una apuesta que también cuesta
Villegas es capitán de su propio destino. Lo ha sabido siempre. Se contactó con el entrenador español entrenador del FC Ulán Bator y en breve ya estaba negociando su llegada con la directiva.
Mongolia le ofrecía competir en la máxima categoría de un país y buscar oportunidades en otros mercados. Las mieles de la Primera División por fin llegaban. Después de tanto viaje, de tanto sacrificio.
Por más insólito que parezca, la decisión implicó ganar menos de lo que cobraba en la Liga Premier mexicana, además de alejarse otra vez de su familia.
«Ya estamos en el baile, bailemos», dice un futbolista que, queda claro, no lo mueve el dinero ni el lujo, lo sigue moviendo ese sueño que soñó, acaso soñamos todos, de niños: ser profesional y trabajar jugando.
Su rutina empieza a las seis de la mañana. Entrena con el equipo y por la tarde va al gimnasio. Nació para el futbol por eso su cotidianidad no acepta distracciones ni excesos. Eso sí, como todo buen chilango en el extranjero se acompaña de ausencias: las de los chilaquiles, la familia, los amigos.
Pero volverá a México. Aunque quizá no para luchar en Segunda o en otra categoría, sino quizá cumpliendo ese sueño que en el presente aún ostenta la etiqueta de utopía:
«La selección es un sueño para mí», asegura. «Lo que esté en mis manos lo haré para poder estar ahí».
Desde Mongolia, el Sueño del Pibe ya no sólo se sueña, se trabaja entre el departamento, el estadio y el gimnasio. El Capi ya sabe lo que es estar a nada de vivir la pesadilla del retiro prematuro, por ende, sabe que los éxitos únicamente son frutos del sacrificio y el esmero. Por fortuna eso le sobra al jugador mexicano del FC Ulán Bator.
















